Archive for May, 2009

May 25th 2009
Las cartas italianas, parte I

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— Luigi! Luigi! Que haces?
— Ya voy, un poco de paz, estoy escribiendo una carta.

…En el pueblo la humedad de este verano está siendo mayor, mucho más que otros agostos. El tiempo esta loco. Y hace ya años que esto dejó de ser un misterio. Ya nadie habla del cambio de clima. Estos días solo se habla del arte o del oficio de pintar, ese complicado asunto en el que un hijo del lugar destaca, lo suficiente para hacerse un nombre en la corte y que la gente hable de sus obras.

Ayer llegó de nuevo, hacía tiempo que no venía y menos para pasar una larga temporada entre nosotros. Dicen en la ciudad que ha estado enfermo de cuidado y que las fiebres le acompañan. Aunque no está muy claro que puede haber sido, la palidez de su cara es acusada y ya no se mueve con la misma agilidad con que solía. Parece ensimismado y pasa el tiempo observando a los muchachos jóvenes que juegan al calcio en la plaza. Con la espalda encorvada y el mentón hundido entre sus manos, su silencio es acongojante. También, acaricia a los animales, algo que antes no hacía tan ostensiblemente. Aunque siempre lleva consigo las tablillas y los crayones, no pasa tanto tiempo dibujándolo todo, como siempre hizo.

Los dos chicos que le ayudaron a bajar sus cosas de las dos carretas, hablan de un cuadro a medio componer, casi terminado y que él, después de desembalarlo y contemplarlo durante más de una hora, como si no lo conociese o hiciera tiempo que no lo viera, dio en cubrirlo con una sábana de hilo y arrinconarlo lejos de los efectos de la chimenea. A estas alturas, verano entrado, las noches todavía son frías y la casa ha estado vacía más de dos años y tiene humedades retrasadas, por falta de ventilación.

Tengo ansiedad y ganas de ver ese retrato del que me hablan Piero y Nicola. Dicen que es una extraña joven, con un peinado lacio y cuidado como el de otros retratos que he visto de jóvenes de la corte ducal. Probablemente será una señorita de la ciudad, hija de algún prohombre, o una dama joven de posibles. No todo el mundo puede permitirse el lujo de pagar al maestro. Me come la curiosidad porque según ellos, que lo vieron, la mirada era de ternura e incluso creyeron ver alguna lágrima que brotaba de sus ojos. Quien será?

Luisma, 21 de Mayo del 2009

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May 8th 2009
De los Maristas

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Quizá porque la verdadera patria de un hombre es su niñez…

–A. y C. Perez-Reverte, El Capitán Alatriste

Es una foto intrigante, esta de la clase del colegio de los Maristas. Curioso, ninguno teniamos gafas,todavia. La foto fue hecha en el más viejo de ellos, el de S. Juan de Barbalos, antes de irnos al de S. Bernardo y mucho antes de inaugurar el Champagnat del camino del cementerio. Era Salamanca, Castilla, eran aquellos años del cuplé. Bueno no, no eran, ya habían pasado, pero queda muy bonito decirlo así. Vaya pandilla de gente!

El colegio de S. Juan de Barbalos, para llegar allí, desde la famosa calle Toro (antes Generalísimo, antes Toro), había un camino que hacer y era cuatro veces diarias. Se trataba solamente de un par de calles y hoy me parece una distancia cortísima. Entonces era casi una aventura. Salir por la puerta de atrás de mi casa, bordear el murete-tapia del jardín de la Farmacia Militar; el “estadio” donde jugábamos por las noches al fútbol a la luz de unas pobres bombillas, tan solo protegidas por una caperuza de cazuela de china blanca y que alguna vez rompimos a balonazos. Subir la calle hasta la esquina del Banco de España, donde había siempre policía armada, los “grises”, para desembocar en la Plaza de los Bandos, refugio nuestro y “frontera” para los chicos de otros barrios en nuestras persecuciones y pedreas.

A partir de esta plaza y la de la Libertad, llamadas plazuelas, empezaban los barrios no céntricos y por tanto “peligrosos”. La verdadera aventura, casi novelesca, era en la calle Horno de Sta.Teresa, uno de cuyos puntos más señalados era una funeraria, con sus ataúdes y sus sepelios. Un paso más adelante un matadero de cerdos, con su olor característico a piel y pelo quemados y la vista, a veces, de un patio interior lleno de guiñapos sanguinolentos colgados en tendederos de cuerdas. Nada de esto era tan asustante como la visión de los matarifes con sus delantales sangrientos y sus enormes cuchillos a la cintura.

Todo esto en el camino diario al colegio que estaba solo unos pasos más adelante en la corrala trasera de una vieja iglesia y con un patio pequeño en el que nos apiñábamos los niños, los de la foto y muchos más. Los olores a saín, cocina pobre, suciedad húmeda y desinfectante de letrinas son poco menos que inolvidables. A veces se mezclaban con los del matadero cercano y con los incensarios de la iglesia colindante. Todo ello adobado con los olores corporales de todos nosotros, niños de los años cincuenta, de la posguerra; algunos solo se bañaban y cambiaban la ropa los sábados, para estar listos y limpios el domingo por la mañana, a la hora de la misa.

De los niños de esa foto sé muy poco, algunos hace cien años que no los veo y por tanto, ya lo dice el dicho, deben estar ya todos calvos. De pocos sé detalles de sus vidas y de alguno de ellos de sus muertes. Una década de nuestra juventud la pasamos juntos y eso da, cuando menos, para recordar los nombres de casi todos ellos. Muchos años repitiendo el—presente!—todas las mañanas, a la convocatoria de nuestros nombres y apellidos.

Esta foto, de la clase del colegio, me ha acompañado siempre a lo largo de toda mi vida, o de todas mis vidas, y realmente no sé porque va en esa carpeta (baúl de los recuerdos) que me sigue a todas partes. Quizá sea una más de mis señales de identidad, reflejo de una parte del pasado y pasaporte a un futuro no muy a halagüeño. No hay más que mirarse al espejo y comparar con el de la foto. Para los curiosos: soy el niño tan guapo, en el medio de la segunda fila, rodeado por un trazo rojo, el del jerseicito de rayas. Hecho de menos lo que éramos, niños más o menos felices. La felicidad tonta del buen salvaje.

Ah! Y el hechizo de Salamanca sobre mi voluntad de volver a vivir en ella, a pesar de los recuerdos y mal que le pese a Cervantes y a Vidriera, está más que capitidisminuido (por decirlo sin faltar). Ni la de hoy, ni la de ayer. Si acaso hecho de menos el perfume de las acacias de la plazuela de la Libertad, algún amigo, y el olor a polvo, sudor y hierro de la estepa castellana. De cualquier manera… A que diablo hay que vender el alma para volver a ser el de la foto?

Luisma, 7 de Mayo del 2009

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