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Los americanos y el Impresionismo

Claude Monet, water lillies

Claude Monet, water lillies


Fue al final, más o menos, de la Guerra Civil Americana. Quedaba un cuarto de siglo antes de que empezara el siglo XX ; lo que a los niños actuales les puede parecer que fue hace millones de años y a mi generación, los nacidos con la bomba atómica (1945), nos parece que fuesen todavía los últimos años del XIX , a la vista de cómo iban las cosas, un siglo venidero que a muchos se les antojaba un misterio, el futuro, y un desafío—se habían visto artilugios voladores a motor—el siglo XX empezaba a bombo y platillo. El anterior había sido el siglo del ferrocarril, la maravilla que estaba convirtiendo a la nación, los Estados Unidos, definitivamente ‘unidos’ después de la guerra civil, en el país más rico de la Tierra.

En Nueva York y en Chicago, florecían fortunas grandiosas de los ricachones nordistas, los vencedores, los que siempre escriben la historia. Habían amasado estas enormes fortunas con el carbón, el petróleo, la construcción, el ferrocarril y sus ‘caminos de hierro’ y todo el acero que los países más pobres necesitaban, y…Wall Street. Millones y millones de dólares, la moneda nueva y poderosa. Aquellos millonarios de riquezas sin cuento, se les llamó: “the robber barons” (los Barones ladrones) y quisieron distinguirse del resto de la ciudadanía con la exhibición de su opulencia. Como no podían imitar, aunque alguno lo intentó, a los Incas peruanos y llenar habitaciones de lingotes de oro, quisieron recrear las ostentaciones de los monarcas europeos.

Tremendas mansiones, a imitación de los castillos y los palacios del Viejo Mundo, pero con las nuevas ideas estéticas y las nuevas invenciones al punto. En sitios como Kentucky, Missouri, Kansas, yendo hacia el lejano Oeste, las tierras del americano profundo. Grandes viviendas, en grandes predios, decoradas con lo mejor y lo más caro, incluidas obras de arte pictóricas y escultóricas de los más grandes artistas comprables, de todas las épocas y sobre todo de la actualidad más controvertida. Los periódicos y las revistas se habían encargado de publicitar todo lo que era nuevo y apetecible, la Moda había hecho acto de presencia y París era la capital del mundo. Las mansiones de los ‘barones’ americanos querían tener la suntuosidad que habían admirado en sus viajes a Europa y, claro, había que decorar aquellas enormes construcciones con muebles, artes decorativas y sobre todo pinturas de los grandes viejos maestros y los contemporáneos académicos.

Foto: Luis Jimenez-Ridruejo

Foto: Luis Jimenez-Ridruejo


Al tiempo, jóvenes de familias pudientes atravesaban el Atlántico para imitar y estudiar a los pintores europeos. Todos adscritos a las academias y sus meticulosas técnicas. Era, también, el momento en que los pintores jóvenes europeos se lanzaron a exhibir sus nuevas estéticas, al principio rechazadas, criticadas e insultadas. Reducidos al viejo Paris de Montmartre, montaron un Salón de Rechazados y evolucionaron el arte hacia la celebridad; se veían tendencias nuevas y un estilo se impuso, camino de la fama mundial. Había nacido el Impresionismo. No sin una fascinante lucha, el llamado Impresionismo fue antes que un estilo, una guerra más de las que proliferaron en el viejo continente.

Las primeras críticas fueron acerbas. Los jóvenes estudiantes americanos en Paris, tomaron nota, algunos, de su repulsión por aquella pintura. Uno de ellos escribía a sus padres: “nunca en mi vida he visto cosas tan horribles…no consideran el dibujo, ni la forma, pero te dan una ‘impresión’ de lo que ellos llaman: naturaleza…era peor que la cámara de los horrores.” Esto venía de un pintor (J. Alden Weir) que más tarde abrazó el Impresionismo y hasta llegó a tener cierta notoriedad en América. La naturaleza estaba ahí para hacer uso de ella. Los paisajes se podían encerrar en cuadros más o menos grandes. Los pintores americanos (y todos los demás) del siglo XIX tenían los ojos y las ‘entendederas’ acostumbrados a la pintura histórica, la que llenaba museos y palacios, celebrando victorias de ellos o de sus antepasados o la mitología, que siempre fue muy socorrida. El cuadro todavía no era más que un motivo de decoración y orgullo del poseedor, la celebración de sus riquezas. La valoración de la pintura como inversión llegaría un poco más tarde.

Lentamente, los cuadros impresionistas empezaron a hacerse más y más pequeños, así se mataban varios pájaros de un tiro, la reducción permitía vender pintura a gentes con casas aún grandes y con menor poder adquisitivo. La nómina de artistas pintores aumentaba rápidamente. Los marchantes de arte fueron sustituidos poco a poco por galerías de arte que habían promocionado la obra gráfica seriada de los mismos pintores. Al americano le era mucho más fácil aceptar el colorismo de la naturaleza ’impresionista’ y mucho más difícil detectar las copias de los mejores. Miles y miles de estas pinturas inundaron un mercado americano que adoptó el impresionismo como algo suyo y era lo que las siguientes generaciones veían en sus casas, sus oficinas, sus lugares públicos. El Impresionismo era, y para ellos sigue siendo: La Pintura.

Foto: Luis Jimenez-Ridruejo

Foto: Luis Jimenez-Ridruejo


Los americanos siempre defendiendo su individualidad nacionalista y en aquellos tiempos más preocupados de lo que acontecía en su propio país que de lo que pasaba en Europa. Cuando acometían la inventiva y la creatividad podían ir a paso cambiado con las novedades, pero a la hora de desarrollar la practicidad de un invento o de algo novedoso. sometían el desarrollo a su comercialización, el dominio de sus patentes y la industrialización. El chauvinismo heredado del socio francés todavía procuraba engrandecer y enaltecer la producción doméstica. Igual ocurrió con la ‘invasión’ estética. Para comprender un poco este país hay que recordar y no olvidarlo nunca que en el mercado interior USA, cualquiera objeto, producto o cosa que se venda, hay que ‘multiplicarlo’ en todos los sentidos por cincuenta (estados), de ahí los números que se producen y se amasan.

Los americanos se dividían en dos facciones, y aún siguen así: los que podían pagar grandes sumas de dinero (millones de dólares) por la gran pintura y los que solo podían pagar unos pocos cientos de dólares por copias o imitaciones del gran arte. Hoy en día, cientos, miles de dedicados pintores chinos, de oficio y gatillo fácil, se encargan de copiar o imitar cuadros impresionistas, empezados y terminados en el mismo día, baratísimos, que se venden en almacenes de muebles y objetos de decoración y en ferias especializadas, y que llegan a un desconocedor público a precios irrisorios. Raramente el deshielo de este arte congelado en el Impresionismo avanza en el supuestamente considerado arte moderno; apenas unos pocos escarceos en la no figuración, en busca de un multitudinario público joven y desconocedor, que lo más que pueden llegar a pagar es por un poster y ni siquiera por una obra gráfica.

Foto: Luis Jimenez-Ridruejo

Foto: Luis Jimenez-Ridruejo


Aquellos artistas jóvenes volvían repatriados después de la aventura europea y aquí trataron de implantarlo todo, la estética, el colorismo, la vida en colonias de artistas al estilo francés. Al mismo tiempo trataban de reflejar París y su energía, la vida moderna de Nueva York hacía el efecto. Los americanos trabajaron el estilo impresionista exhaustivamente hasta los años veintes del siglo pasado (y aún siguen, algunos) y dejaron marcados indeleblemente la ‘modernidad’ americana con el Impresionismo. Y aún está entronizado en el gusto del americano medio y en el arte que cuelga en las paredes de sus casas. Cualquiera de estos, preguntado por arte, te dirá: “…el impresionismo, Monet…” y a partir de esto, ‘nada’ ha pasado en el mundo del arte. Ah! sí…Picasso, Dalí, la abstracción…’pero mire usted: yo no entiendo esa pintura, no sé lo que quiere decir—y mi hijo pequeño puede hacerla’ (cuantas veces he escuchado esta aseveración?).

En Pintura, el siglo XX y la Abstracción no existen para el americano medio, y son millones (más de trescientos). La mayoría, si les ayudas un poco con la memoria, resucitarán al bueno de Andy Warhol y al Pop Art y pare usted de contar. Los cuadros de encima del sofá, o del frente de la chimenea, son colorines y los llaman decoración, o posters. Y luego hay una minoría fundamental, unos treinta millones de gentes, más o menos, que son capaces de discernir entre Rothko, Pollock y De Koenig, por ejemplo. Ya se sabe: todo ‘multiplicado por cincuenta’. Esa es la grandeza del último imperio, de la ‘modernidad’ autoproclamada.

(Gracias a H. Barbara Weinberg por el uso de alguno de sus escritos en este post.)

Luisma, Maypearl (TX) 29 de Octubre del 2016

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Los pájaros de la plaza Dealy

(Hoy, hace cincuenta y dos años ya y aproximadamente a estas mismas horas, fallecía el presidente J.F. Kennedy en las calles de Dallas (TX). Una parte de la historia de este país y del mundo entero cambió en aquel momento. Así lo recuerdo, hoy).

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Es una mañana fría y desangelada, es diciembre de 1.989 . Uno va andando por las calles del centro de Dallas, en Texas, y al pronto las imágenes empiezan a darte la sensación, bien conocida, del “deja vu”, del—yo he estado aquí antes—lo cual es imposible porque es la primera vez que uno está en dicha ciudad. Este edificio, a mi derecha, me es vagamente familiar y por alguna razón, que se me escapa, mis ojos se van a una ventana del sexto piso. Vuelvo la cabeza y la mirada se me va por la calle, en suave cuesta abajo, rodeada de jardines, en dirección a un puente bajo la autopista. Los coches van despacio hacia la curva del puente. Cierro los ojos y otra vez me vuelve la sensación de haber estado aquí, antes.
Me quedo ensimismado un momento y al fin toda la imágen se me aclara, las piezas se recomponen, me doy cuenta sorprendido y alucinado. Me vuelvo a la persona que me acompaña y ella asiente con la cabeza. Sí, aquí es donde mataron a Kennedy. Paso unos instantes rememorando el magnicidio, los coches descapotables interminablemente lentos, las imágenes de este lugar repetidas una y otra vez, machaconamente, en televisión, en películas. El “flashback” es autentico y hasta doloroso. Me despierta un grillerío tremendo de miles de pájaros. En los árboles, tres o cuatro solo pero grandes y copudos, frente a la fachada del Texas School Book Depository, el edificio desde el que Oswald disparó su rifle contra el presidente, hay “instalados” una miríada de ruidosos pájaros cuyo aparente único propósito es ensuciar el suelo, o las cabezas de los curiosos que miran el edificio, con miles de excrementos.
Parece como si estos pájaros tuvieran la conciencia de que este lugar debe mantenerse sucio en recuerdo de una de las peores manchas de la historia americana. A los “dalasitas” tampoco les hace ninguna gracia que el lugar sea visitado continuamente y esté en las rutas turísticas. Siempre he creído que lo que aquí ocurrió es motivo de vergüenza ciudadana para estos tejanos. Y el tiempo nunca ha borrado este estigma.
El tiempo tampoco ha eliminado ese olor perdurable a magnicidio que sentí en aquella mi primera visita a Dallas y, desgraciadamente, anticipado, vuelvo a sentir ahora en la pituitaria de mi imaginación. Un nuevo “kennedy”, esta vez de piel negra, cuarenta y cinco años mas tarde, se pasea por las rutas electorales en camino a una posible presidencia. Llegará a la Casa Blanca? Le dejaran ser presidente?
Me gustaría mucho equivocarme, pero esta noche me huele tremendamente a futuro magnicidio. Los americanos, mientras no me demuestren lo contrario, no tienen remedio.

Luisma, Dallas (TX) 22 de Noviembre del 2015

Originally posted in May of 2008.

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Waxahachie

“…o ponerte en cuclillas, al estilo indio norteamericano, encima de una roca”                 (Foto: Luis Jiménez-Ridruejo Ramírez)

“…o ponerte en cuclillas, al estilo indio norteamericano, encima de una roca”
(Foto: Luis Jiménez-Ridruejo Ramírez)

Te puedes sentar o ponerte en cuclillas, al estilo indio norteamericano, encima de una roca, en alguno de los pocos lugares altos que por aquí vas a encontrar. Esto es pura pradera, la gran pradera, la de los búfalos, y en estos tiempos ya hay que echarle una imaginación calenturienta para fantasear con un cortejo, una banda, una fila india, caminando estas dilatadas distancias de hierbas eternas y cielos altos y luminosos. Pensar que antes de la “conquista” no conocían el caballo; y que con él vinieron la posibilidad del traslado rápido y las gentes que iban a ser su perdición. Verás lo que ellos vieron, un sendero siempre por hacer, para unos, y un océano de hierba para aquellos que ya habían visto los de agua, desde la pobre altura de las cofas y las jarcias de sus carabelas. Más, en cualquier caso, de lo que pudieron nunca soñar.

Todo esto, vivir en Maypearl (TX), setecientos habitantes diseminados por la pradera y las “cuatro casas” del pueblo, puede parecer muy bonito. Su carretera/calle principal, y casi única, da la impresión de algo recóndito, pequeño, tranquilo, silencioso y alejado del tráfico y la barahúnda ciudadana. Y la verdad es que sí, el pueblo es todas esas cosas y sobre todo tranquilo. Todo muy bien, pero, cuando necesitas vituallas, que no sean solo sota, caballo y rey; cuando te “aparecen” piedras en el riñón y necesitas el hospital; cuando tienes que comprar pinturas y lienzo o herramientas de cierta sofisticación; o pasar por el Banco, comprarte “toda” la farmacia, ir a un restaurante…entonces, necesitas un pueblo grande o una ciudad pequeña. Ahí, aparece: Waxahachie (TX) con sus treinta mil habitantes y a dieciséis kilómetros. Cerca, pero lejos; lejos, pero cerca.

Waxahachie, 1929 “…cruces de ferrocarriles. Una especie de Medina del Campo en la soledad plana de la pradera tejana.”


Una carretera comarcal, la FM 66, te lleva directamente hasta el pueblo grande, donde tienes un poco de todo y pierdes todas esas sensaciones gratificantes que adjudicas al pueblo pequeño. Waxahachie es un poblachón fundado a mediados del siglo XIX, por culpa de los cruces de ferrocarriles. Una especie de Medina del Campo en la soledad plana de la pradera tejana, caliente y húmeda en verano y medio fría en invierno, clima subtropical y horizontes caliginosos. Según mi propia definición: estamos en el puro vértice de la V en la que bajan los fríos del noroeste, y donde chocan con las bocanadas de calor tropical que suben del Golfo de México, y es donde la mezcla “dobla” al este-noreste a dulcificar el clima de los otros estados del sur. Un protagonismo más o menos inventado por mi. La verdad es que si en Maypearl no pasa nada, en Waxahachie pasan muy pocas cosas.

Uno se pregunta quienes serían los pobladores de este sitio en 1491, si es que el sitio estaba poblado, que parece que sí, antes de que Colón trajera paulatinamente europeos, empujándolos hacia estas tierras y sobre todo hacia aquellas que se parecían más a España, climática y geográficamente; es decir, Florida y California. Indicios hay de que fue más bien zona de nomadeo y paso, aunque algunas tribus indias, de diferentes idiomas, estuvieron por épocas asentadas en estas praderas. Quizás esto explique que los “autores” no se pongan de acuerdo en el significado, evidentemente indio, del nombre de Waxahachie. Depende de si se usan los idiomas de los Wichita, o de los Coushatta, o de los más antiguos Tonkawa, e incluso de los Apaches, cuyo extenso territorio cubre un espacio en el que “cabrían” España y Francia y que se inicia “relativamente” cerca de aquí, a unas cuatro o cinco horas en coche hacia el oeste. El caso es que el nombre puede significar: arroyo del búfalo, o de la vaca, o del monstruo. O también: rabo del ternero; e incluso: gato salvaje gordo. A saber.

Waxahachie, hacia 1905 “…uno quiere encontrar algo, una particularidad, un anecdotario, una historia…”

Waxahachie, hacia 1905 “…uno quiere encontrar algo, una particularidad, un anecdotario, una historia…”


Saber que ha pasado en este pueblo antes y después de 1491, uno quiere encontrar algo, una particularidad, un anecdotario, una historia, alguna epopeya del “Oeste”, algún drama en el pasado, el equivalente del crimen de Cuenca, o los amantes de Teruel, algo que justifique el escribir un poco más largo y tendido. Nada. La tradición oral es mortal, no existe. Una lectura somera de lo que por aquí te cuenta la gente y lo poco que sacas en conclusión de una investigación superficial, la única posible y necesaria, te lleva a pensar que Waxahachie no es mucho más que tres entradas de autopista, un poblachón sobredimensionado y un grupo de gentes que miran por su subsistencia, la realidad de la vida.

Esto es Texas, una enormidad, y cabe todo. No muy lejos de aquí recuerdo que, hace años, en una carretera comarcal encontré tres pueblos seguidos, Moscú, Cairo y finalmente Bobo, ninguno de ellos de más de trescientos habitantes. Quizás en el futuro se me ocurra escribir algo diferente, usando este trampolín, pero ya tendrá que ser una ficción.

Luisma, Waxahachie (TX) 24 de Septiembre del 2014

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Dos Mil Catorce

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…No había caído en que es el centenario de la primera Guerra Mundial…

El año 2014. Que raro se me hace leerlo después de escribirlo en letra. 2014, así en números, está ahí mismo, como vulgarmente decimos siempre: a la vuelta de la esquina. Que distinto del 1914…Caramba! No había caído en que es el centenario de la Primera Guerra Mundial, la Guerra del Catorce (como la llamamos nosotros en España). WWI (como la siglan los americanos). También le dicen: La Gran Guerra. Por causa de esta conflagración tan mentada es por lo que se inventó el moderno concepto del turismo. Después de ella nacieron las vacaciones pagadas y la aviación comercial. Los americanos empezaron a tomar Europa como destino vacacional para visitar los teatros de las operaciones bélicas. París se convirtió en lo que nunca ha dejado de ser: uno de los mayores centros turísticos del mundo.

Con el centenario de la primera gran guerra seguro que van a ocurrir una caterva de “celebraciones”; si es que una guerra es algo que necesita celebrarse, o recordarse, o conmemorarse siquiera. Me temo que alguien va a hacer dinero a cuenta de la conmemoración. Los franceses no estarán ajenos a ello. Y no me refiero a los hoteles de los sitios de batallas famosas, con sus inevitables museos llenos de terciopelos polvorientos. Más de 150.000 memoriales hay regados por toda Francia. No, esos casi se lo merecen por haber aguantado tanto tiempo haciendo buen uso de la naftalina. Que ahora, con el centenario, revivan de su ostracismo y provoquen y disfruten una época de vacas gordas, gracias al turismo autobusero y de zapatilla deportiva. Al menos en Europa, donde transcurrió esta guerra “mundial”, es fijo que el trasvase turístico va a tener un auge singular.

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…cien años después de la guerra del gas…

Nada de esto va a ser comparable al negocio que va a generar en publicaciones, festejos (probablemente impropios de lo que es una guerra), movidas de todo tipo, incluso, por ejemplo: gastronómicas—porque no? Cosas mas raras se han visto—(Coma Ud. y sobre todo beba, lo que comían y bebían en aquel tiempo). A buen seguro, conciertos, películas y documentales sin cuento y más de alguna carnavalada y bailes de disfraces. El cuello me juego que saldrán, escritas y filmadas, historias de zombis, que tan estúpidamente están en boga en estos nuestros días. Pasó el tiempo de los extraterrestres y ahora los zombis es lo que vende. Copiando lo americano, como siempre, el mundial de futbol verá la moda de los uniformes “throwback” (‘retro’ o vuelta-atrás) en las canchas brasileras. Equipaciones con diseños de época, de aquella época. Esperemos que a los súbditos de la Sra. Merkel no les dé la tentación de ganar el campeonato con los uniformes de 1914 (camiseta de lacitos y cordones al pecho y calzón bombacho.) Faltaría más.

En la Guerra del Catorce solo había la radio y no la televisión. Ahora, cien años después, todo va ser televisado, computerizado y telefoneado. Estamos con el centenario a tiro de bala de cañon y ya me extraña que no estén anunciados concursos de quién sabe más tonterías, números y pormenores de la guerra y, claro, juegos de computador para perder el tiempo de manera más realista que nunca. Todo a ver quién le saca más partido a la efeméride. Todo a ver quién despelleja más y mejor al vellocino del dios-turismo. Ese turismo que nació bajo esta definición somera: actividades de la gente durante sus viajes y estancias en lugares distintos de su habitual entorno, en período consecutivo inferior a un año y mayor a un día.

De los viajeros-turistas de otrora a las cifras del turismo actual hay todo un mundo de diferencia y un masivo volumen comercial que antes no existía. De los negocios de Marco Polo, en su siglo, viajando a China, a los millones gastados por los chinos devolviendo su visita, hoy día. Bien veríamos que Venecia no se termine por hundir del todo bajo el peso de tanto turista asiático. Solo un dato más: año 2012, mil millones (!) de turistas se movieron por primera vez en la historia. El turismo lo único que necesita es una excusa, por leve y agarrada por los pelos que esta sea. Una guerra mundial, la primera, debe ser excusa suficiente.

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…Ya no me acuerdo del último tiempo de paz.

Así que ahí estamos, entrando en el 2014, cien años después de la guerra del gas y en reatando detrás de ella la civil española, la del átomo, la de Corea, la del Vietnam, Afganistán, Salvador, Malvinas, Sudán, el Golfo, Bosnia, Kosovo, Chechenia, Somalia, Irak…y dale que te pego. No vamos a parar de celebraciones. Me da vergüenza haber asistido a tantas de esas guerras repantingado en el sillón de mi televisión. Así serían los titulares: “El turismo bélico asegura el negocio por un siglo más….” Evidentemente, no tenemos remedio. Ya no me acuerdo del último tiempo de paz, si es que alguna vez lo ha habido. Antiguamente se decía que la paz era la ausencia de guerra; ahora ya ni eso, la paz parece que se ha convertido en una sucesión de guerras pequeñas que uno tiende a pretender que nos quedan lejos, en todos los sentidos. Lo dicho: el síndrome de los tres monos. Feliz Año Nuevo y Paz en la Tierra?

Luisma, Maypearl (TX), 28 de Diciembre (ni santos, ni inocentes) del 2013

El tirolés rojo

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Greenwood Cemetery. Wheeling (West Virginia)
Por que extraños vericuetos andamos…

El Cementerio Greenwood. Desde lo alto no se ven más que tumbas, viejas, grises y llenas de verdín; con el fondo de un paisaje enorme y profundo, a días precioso; siempre claro en lontananza y que debió ser el mismo, quizá mas frondoso, que veían y oteaban los vigías del ejercito nordista. Era cuando este pueblo, poblachón hoy, Wheeling (West Virginia) durante un tiempo fue capital de los Estados Unidos del Norte, los “yankees” en lucha fratricida con los “confederados” del Sur. Tiempos de guerra civil que recuerdan muchas de las tumbas que me rodean. Cementerio anglosajón, ni cruces, ni imágenes, solo algún ángel de piedra. Lápidas grandes y pesadas y monumentos funerarios pequeños, la mayoría un nombre y unas fechas, a secas.

Saltando sobre las tumbas, descuidadas y húmedas, gané el tope de la colina para guarecerme de la lluvia, fina y persistente, al amparo de las columnas de un panteón grande. No dejaba de pensar lo que debía ser este sitio en noche de tormenta; esas tormentas del rio Ohio, cercano pero que solo podía intuir desde la altura. Entre la fronda tampoco veía mi calle, Main Street, la calle principal del pueblo (ciudad, dicen ellos). Aunque me gustara subir frecuentemente al cementerio; adoro los lugares altos sin sensación de vértigo; ese día ya no quería estar más allí y me dispuse a bajar el montecillo. Al franquear la puerta enrejada, volví la cabeza y me pareció ver movimiento tras unos arbustos, algo rojo que se movía despacio. no me paré y aceleré el paso, carretera abajo.

Llevaba más de un mes viviendo en aquella calle y era la primera vez que lo veía. Al principio solo me fijé en su perro, pequeño y de movimientos lentos; aunque ponía tensión en la correa que le unía al viejo, en realidad no estaba muy claro quién llevaba a quién y el perrillo tenía todas las de ganar. Así me dí cuenta de la cojera de aquel hombre y sobre todo de su extravagante sombrero. Un tirolés rojo. Nunca lo había visto en el barrio y a pesar de ello aquel tipo me tenía un aire vagamente familiar. Jamás he sabido el porqué—uno ve tantas imágenes a lo largo de su vida. A saber! Me sorprendió que me saludara, y en un muy correcto castellano—Hola señor, usted es el español que vive en el 212, el que ha venido de Texas. No fue una pregunta y me llamó la atención, no tenia ni idea de que nadie supiera de mi vida y milagros.

El viejo Mark y yo hablaríamos a menudo y supongo que a los niveles americanos eso se puede llamar: una amistad. Me narró muchas historias, deslavazadas en general, de las que pude colegir que estuvo en la guerra civil española con las Brigadas Internacionales. Muy joven. Se enamoró de España y algo más que pude intuir, aunque él no quisiera hablar de ello—no quiero hablar de esa parte de mi vida, cuanto menos hable menos daño me hace el recuerdo. Un día no pude contenerme y le pregunté de donde salía aquel sombrero rojo altisonante. Así supe de Celso, el español, su amigo del alma, compañero de trinchera y de vida cuando después de pasar unos años en prisiones le había seguido hasta América, para quedarse con él para siempre. Celso entró, como tantos otros, siguiendo el periplo de la inmigración mexicana, mojándose la espalda en el Rio Grande. Fue un ilegal toda su vida y toda su muerte. Se trajo aquel sombrero de España, a la que nunca más volvió.
tiroles rojo abstractComo se puede recordar una guerra con cariño?

Pocas veces hablamos de Celso, lo evitaba, aún así supe que yo se lo recordaba…mi mirada, mis ademanes, mi manera de hablar inglés. Me decía que él fue la parte luminosa de su vida—como se puede recordar una guerra con cariño? Su amigo había vivido en la que ahora era mi casa, al llegar de España y antes de compartir la suya con él hasta su muerte, de la cual hacía casi cuarenta años. De pronto mi hallazgo, en el trasfondo de un armario empotrado de aquella casa, cobraba sentido; incluso la lápida encontrada arriba en el cementerio: C. Santaengracia 1919-1963. Uno de mis misterios de Wheeling resuelto. Una vez más pensé que el mundo es un pañuelo. Por que extraños vericuetos andamos y donde venimos a terminar. A veces, pienso y hago cábalas sobre donde y como acabaran mis andanzas.

Hace ya varios años de mis meses en Wheeling y aún me acuerdo del sitio y de su cementerio. Los Estados Unidos profundos, la esencia de un país original. Un país de granjeros y colonos que peleando por sus tierras levantaron un imperio. Hace mucho de mis charlas con el viejo. No sé que habrá sido de él, de sus recuerdos, de su perro pequeño y animoso. Probablemente, Mark descansa ya para los restos en alguna tumba sucinta de aquel lugar donde le gustaba ir a estar cerca de Celso. A mi también me gustaba aquello. Me gustan los lugares con busilis, los sitios con presencias y ausencias. El silencio. Que gran palabra!

Luisma, 18 de Julio del 2013

Los otros museos

Entrada al Museo Nacional Dental en Baltimore (Maryland)

Este país, Estados Unidos de Norteamérica, es una caja contínua de sorpresas, siempre aparece un resorte nuevo con algo diferente. Nunca termina de sorprenderme y ya son más de veinte años, aquí. Supongo que al ser un territorio tan grande y con más de trescientos millones de habitantes, cabe todo, hasta lo impensable; si es que hay algo que las grandes manos de la imaginación no abarquen. Y ello en un poco más de doscientos años de vida como nación. Conocerlo todo, esa es la gran aventura americana.

Viene todo esto a cuento de mi último fin de semana en Baltimore, estado de Maryland; una “vieja” ciudad, uno de los primeros asentamientos en la costa este. Ciudad grande y feota, con los resabios de los orígenes del país todavía marcados en las grietas de su piel urbana. Cicatrices de una encarnadura de guerra civil y un pasado marinero disimulado en la modernidad y en los recovecos de marinas y bahías artificiales. Aún así, una ciudad interesante, con visitas “turísticas” de muy diferente cariz. Sobre turismo habría mucho que hablar. Despues de un día completo de Matisse, la tumba de Edgar Allan Poe o el Museo Nacional Dental pueden ser lugares a escoger.

Naturalmente, me decidí por el museo de lo dental. Allan Poe no es santo de mi devoción y las visitas a tumbas y mausoleos tampoco. Espero no tener que “visitar” la mía en un futuro próximo. Largo, lo más posible, me gustaría fiarlo; siempre y cuando las cuadernas del navío no me crujan demasiado. Hasta el momento, lo único que viene faltando del Luisma original es la parte superior de la dentadura; lo que me arrastra al interés, tardío, por lo dental y sus cuidados. Eso, y haber leído que el primer presidente, Washington, tenia el mismo problema y una verdadera colección de dentaduras postizas, de quita y pon. Algunas de las cuales se exhiben en el museo de marras. Una de ellas de madera!

Dentadura de George Washington

Había sabido del Museo Nacional Dental por intermedio, interesado, del dentista de S. que juraba y perjuraba que el asunto bien merecía una visita. Apañé la cosa con el margen necesario y conveniente para volver al hotel, a tiempo de ver el Francia-España del Eurofútbol. Son amores distintos. La sorpresa, y grande, fue encontrar un magnífico museo de concepción clásica y moderna museología; totalmente al día y a la página educativa, incluidos tintes humorísticos y detalles de gran diseño. Algunos memorables, como la historia de la silla clínica dental en el hueco de las escaleras de transición entre los dos pisos del edificio. Una performance de sillas, cuasi escultórica, digna de verse en un museo de Bellas Artes.

“Siempre me ha gustado “pasarlo bien” en los museos…”

No voy a detallar ahora toda su parafernalia exhibida y si alabar el sentido educacional de lo expuesto. Dentro de lo admisible, contiene muchas piezas de interacción entre la muestra y el visitante; más que nada para niños entre los cuales me incluía, para sorpresa y ludibrio de los circunstantes. Siempre me ha gustado “pasarlo bien” en los museos. Actividades, entre otras, como: avisar a calaveras de futuros problemas por tener los dientes hechos polvo; colgar la sonrisa de la buena dentadura de S. en un panel fotográfico electrónico, la mía está ya bastante impresentable; aleccionar colegiales americanos sobre la identidad de un tal Cervantes, y sus personajes Sancho y Quijote, cuyas palabras estan colgadas en el museo, en un estandarte con letras doradas del tamaño de la pared y que no me resisto a repetir aquí:

<< Quiero que sepas, Sancho, que una boca sin muelas es como un molino sin rueda y que un diente es más precioso que un diamante.>>

Los “otros” museos han ganado, con esta visita, muchos puntos en mi apreciación y, quien sabe si en una próxima ocasión no dude en visitar el museo del ferrrrocarril, el de la cerveza, o algún otro de más dificil atractivo. En este país nunca se sabe donde te va a saltar la liebre.

Luisma, 7 de Julio (…) del 2012

Custer y la Farmacia

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“Custer’s Last Stand” en soldaditos de plomo. Magnífico. Me gustaría tener esta pieza para mi colección de americanadas.

Uno va con el siglo, su siglo, y si este va a caballo de dos…pues también vale. Nací a mitad del siglo pasado y por aquí estoy tratando de durar lo más posible en esta centuria—Veremos, dijo un ciego. Unos duran más que otros, pero al final y a la postre, todos caemos. Mi padre solía decir chistosamente: se están muriendo todos, todos los que no se habían muerto antes. Sin embargo, hoy no se ha muerto nadie, al menos que yo conozca; hoy, ha fallecido “mi” farmacia. De muerte natural (¿!)Cerrado por derribo, cerrado para siempre. R.I.P.

En los últimos días y ante la inminencia del deceso, había estado un par de veces charlando con el dueño que, haciendo memoria, me contaba el anecdotario de la que ha sido mi farmacia en los últimos once años. Dueño que empezó como “chico de los paquetes”, ayudante, mancebo y, finalmente, propietario. Después de toda una vida en ella que, sorprendentemente, coincidía con la mía. La farmacia abrió en 1945 y cierra en 2011, sesenta y seis años después, más o menos por las fechas de mi jubiloso jubileo.

Chuck, el farmacéutico de marras, es lo que llamaríamos una bellísima persona. Habla un poquito de español, aprendido de su padre que fue Brigadista Internacional en la guerra civil española. Siempre saludándome con gran corrección, mentándome a Franco a la menor, y hablándome, con su media lengua en español, para sorpresa y encanto de los clientes presentes. Es una relación original, jamás le he visto fuera de las cuatro paredes de la farmacia y por tanto su “otra” vida es un misterio, como lo son tantas vidas que discurren alrededor de uno. Aún así, el tipo me parece buena gente y alguien de una integridad pristina.

Signo de los tiempos, mi farmacia, como tantos otros pequeños negocios personales están sucumbiendo al ataque feroz y voraz de las grandes superficies. Chuck se ha resistido, con denuedo, como gato panza arriba, reduciendo plantilla, bajando los precios hasta la extenuación y peleando hasta el último tiro. Rodeado de “indios” por todas partes y aferrado a “su” bandera, según sus propias palabras: como el general Custer en la batalla de Little Bighorn. Muy americano. Muy de película. Muy triste.

La imagen de Custer, George Armstrong Custer, el derrotado mas glorioso de la historia de este país. Glorificado, claro, por el cine en multitud de películas y referencias. Siempre me llamó la atención este hombre. Un aprovechado de la guerra civil. Fue el último de su promoción en la academia de West Point y resultó ser un buen oficial durante la guerra. Tuvo buenos amigos y compañeros y fue ascendido a Mayor General y al terminar la contienda, como tantos otros, fue reducido a la categoría de capitán. Peleando en la Indian War, que así llaman los americanos a la exterminación de los indios aborígenes. En esta situación encontró su final en la ya célebre batalla de Little Bighorn.

La imagen famosa de Custer, enarbolando la bandera del mítico 7º de Caballería, al pie del cadáver de su caballo y rodeado de indios amenazantes y de los cuerpos de sus asistentes, también muertos, probablemente no se corresponde con la realidad de los acontecimientos. Ciertamente, la chaqueta de ante con los flecos, la perilla y el pelo largo y rizado, y la corbanda roja, parece que fueron así. Cuando fue reconocido por los oficiales que llegaron el día siguiente, tenía un tiro a la altura del corazón y otro en el parietal, ambos disparos de rifles de largo alcance, y no a quemarropa. Tampoco había sido mutilado, ni le habían arrancado la caballera, y se conoce la explicación de ello. Custer que estaba casado, había tomado una india como esposa, también, y al ser reconocido por otras mujeres indias, estas no permitieron su desecración o mutilación. Eso sí, le colgaron unos pendientes para que “oyera” mejor en la otra vida. Custer desestimó, varias veces los “consejos” de los indios.

Por supuesto, todos estos detalles y mil más de la historia, que no leyenda, de este soldado mediático no estaban en la cabeza del dueño de la farmacia cuando lo invocó. La legendaria situación de uno contra todos era lo que lo llevó a la fama, y al farmacéutico a “morir con las botas puestas”. Cierto es que Chuck vendió cara su “piel” al final. A diferencia de Custer, se lleva una bolsa bien repleta camino de su jubilación. La venta de su lista de clientes a una gran cadena de farmacias se firmó el mismo día del cierre. Son otros tiempos.

Luisma, 17 de Mayo del 2011

Requiem por Gettysburg

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Yo hubiera hecho esta foto. Gettysburg, 1863

Heinz Hall es lo menos parecido a un campo que imaginarse pueda, de hecho es una sala de conciertos. La sede de la Sinfónica de Pittsburgh. Esta noche, un sábado a primeros de Diciembre del 2010, la imaginación en Heinz Hall me jugó una pasada. El poder evocador de la música me transportó unos años atrás, primero, y muchos años más atrás, después. Todo ello dentro del espacio y tiempo de un concierto.

Era una misa, una misa cantada. El Requiem de Verdi, con toda su bombástica orquestación, más propia de una ópera que de una celebración religiosa. Verdi, un agnóstico total, componiendo música sacra. O precisamente por ello, igualmente maravillosa. Por supuesto, la Iglesia desaprobó y criticó, en su momento, faltaría más! El público lo acogió entusiásticamente y aún lo sigue haciendo. Y en esas estaba cuando el Requiem, su música, sus extraordinarios silencios y sus pasajes sotto voce me llevaron al recuerdo de un campo, un campo de batalla, aqui, en Pennsylvania. Era Gettysburg, la batalla que decidió la Guerra Civil americana. La música de Verdi tuvo el poder de hacerme rememorar aquella visita inopinada, hace pocos años, propiciada por mi típica atracción por los letreros de carretera.

Ya, al abandonar la autopista empecé a sentir algo especial, atravesando aquellos campos: silencio. Un silencio grande, enorme, ominoso; cargado de ruidos de batalla, disparos de mosquetón y explosiones de artilleria, que sonaban solo en mi cabeza. A mi alrededor, vacio, ni pajaros, ni viento. Estaba sólo; solitario en el sitio donde, hace casi siglo y medio, se libró una de las batallas mas famosas de la historia y, seguramente, la más célebre de este pais.

Los acompasados golpes de timbal del Requiem me traían los números y las cifras de aquellos tres dias. En aquel campo de batalla, más de 90.000 soldados del Norte chocaron con unos 70.000 del Sur. Resultado: aproximádamente, el mismo número de muertos, bajas, heridos, desaparecidos y capturados o prisioneros, por ambos bandos. Total: unos 23.000 por cada lado. Siete mil ochocientos muertos y veintisiete mil heridos. Cincuenta mil bajas entre ambos ejércitos. No era de extrañar aquel tremendo silencio.

Dies irae, dies illa…El dia de la ira, ese dia…el mundo se reducirá a cenizas. Tantos muertos en tres dias! Confutatis maledictis, flammis acribus addictis…Cuando los condenados sean confundidos y arrojados a las cicatrizantes llamas…No puedo ni imaginar esos miles de muertos y lo que debió ser aquel olor. Ese no sería hedor fácil de retirar. In die illa tremenda, requiem aeternam dona eis, Domine, et lux perpetua luceat eis…Descanso eterno y luz perpetua. Verdi consiguió sacar a la luz y a la belleza los dos temas: miedo y esperanza. Iguales para norteños o sureños…iguales para creyentes o agnósticos.

He estado en muchos campos de batalla de diferentes guerras, de diferentes siglos o épocas de la humanidad. Siempre ese silencio. En los campos de La Marne, tan cerca de Paris, casi podía escuchar el ruido de los taxis de la ciudad, más de 600, requisados para transportar soldados a la batalla. Ir a la guerra en taxi…Ah! Muy francés! Y, alrededor de medio millón de bajas por cada lado. Mortandad sin cuento, no se sabe exactamente. Y repetir la batalla solo tres años después. Terrible estupidez. Se me hace dificil pensar en una música para describir algo así.

Hace dos décadas, en un viaje a Africa, pude sentir casi la misma impresión que en Gettysburg. Fue en Túnez, en una mañana extrañamente fría. Las llanuras de Zama, en silencio, sin pájaros, sin viento, me llenaron la imaginación de gritos cartagineses y romanos. Esta vez los timbales del Requiem estaban en la batalla, a lomos de elefantes. Y la música era otra, de diferente época, de una batalla más reciente y con otra clase de elefantes y caballería. Los tanques de Patton y Rommel peleaban en el mismo lugar que las huestes de Escipión y Aníbal. Tan solo dos mil años después, y los mismos muertos.

Decidídamente, no aprenderemos nunca. Ciclos, ciclos! Siempre la misma historia y los mismos muertos. Ni una batalla más en Gettysburg, ni en La Marne, ni en Zama! Que el Requiem se eleve siempre en celebración de la vida, de la estética y de un mundo nuevo. Mucho más nuevo que este. Sin miedo y con esperanza. Viva Verdi!

Luisma, 4 de Diciembre del 2010

Gandhi y la catedral (Historias de Pittsburgh)

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Cathedral of Learning, Pittsburgh

Pittsburgh es una ciudad singular. Por muchas razones, la mayoría históricas, esta ciudad en la que vivo es original y única. Pocas como ella, en este país, con tantas vicisitudes históricas. Aunque muchas veces haya oído referirse a ella como: la pequeña Nueva York. Posiblemente por el trazado urbanístico de su centro de negocios. Moderadamente grande, su área contiene dos o tres millones de habitantes; diseminados o, mas bien, desperdigados en una geografía montañosa aglutinada por tres ríos que, extrañamente, se juntan en el vértice del corazón urbano (Point Park). El mismo punto en el que, hace trescientos años, sus colonos fundadores establecieron un fuerte (Fort Pitt) que más tarde daría origen a la propia ciudad. Los tres ríos, Ohio, Mononghaela y Allegheny, llevan los nombres de tres tribus indias que se asentaban en estos territorios.

Pittsburgh es una ciudad venida a menos de su pasado esplendor. El resultado de este pasado de riqueza y polución por poco acaba con ella y se puede decir que el hundimiento de su industria, la producción de aceros, fue al mismo tiempo la salvación de una ciudad que resurge de sus cenizas, literalmente. Resurge, así mismo, de una pléyade de enfermedades y una monstruosa polución por gases y humos de carbón de sus altos hornos, hoy desaparecidos. Millones de emigrantes europeos dejaron su vida en la dureza de estos trabajos y aquella vida. También dejaron a sus descendientes en esta ciudad que no se parece en nada, por su limpieza y salubridad, a la que fue. Aún se pueden ver, en algunos viejos muros y piedras, las huellas de aquel pasado tenebroso y brillante. En cierta ocasión, una noche sorprendente, observé un espectáculo semejante a una pequeña aurora boreal. A la luz de la luna se podía ver el brillo tremendo, casi como si fuera luz de día, producido por los residuos de carbón en una enorme meseta de terreno echadizo, sobre la que se estaba construyendo un centro comercial. Al parecer, este brillo se podía observar desde los vuelos espaciales.

Pittsburgh es una ciudad que ha significado el carácter emprendedor y luchador del pueblo americano. Por el contrario a otras ciudades de la costa este, su cosmopolitismo era su propia composición étnica. Estaba a casi un día de tren desde la capital, Washington (D.C.) y los visitantes famosos de otros países, preferían subir por la amenidad de la costa hasta Filadelfia y Nueva York, evitando así acercarse a una ciudad conflictiva por lo sindical, sucia, proletaria y carente de los atractivos de las otras. Ni siquiera los grandes capitalistas vivian aquí, todos lo hacían en Nueva York, y aún sigue siendo así. Empero, Pittsburgh sigue siendo la ciudad, de este pais, con más millonarios por metro cuadrado. El único personaje que honró a esta clase trabajadora con su visita a principios del siglo XX fue Mahatma Gandhi, quizas haciendo honor a la inscripción “Give me your poor” (Dadme vuestra pobreza) que debió ver en la Estatua de la Libertad. Seguramente vendría buscando apoyo y dinero para su causa. Fue recibido, a bombo y platillo, en la estación del tren y una placa conmemorativa se puede ver, semiescondida, en un edificio ferroviario victoriano, y que ya no funciona como tal. Ahora es un restaurante y los trenes pasan cerca, pero ya no se detienen allí. Tampoco consta si recibió la ayuda que esperaba.

Pittsburgh es una ciudad que tiene su propia personalidad. Más que edificios singulares tiene tres ríos y 117 puentes, algunos de ellos impresionantes de belleza y de obra. El mismo número de puentes que de campos de golf se encuentran en su área. A pesar de todo, tiene algunos edificios magníficos : El U.S. Steel, que fue durante muchos años el rascacielos comercial mas alto del mundo. El conjunto constructivo del PPG Place, increíble festival de muros de cortina arquitectónicos, todo cristal y metal, que siempre me ha dado mucho juego fotográfico y del que te hablaré en otra ocasión; una obra maestra del postmodernismo (Philip Johnson y J. Burgee, 1984) cuya inspiración viene de otro edificio singular, en el centro del campus de la Universidad de Pittsburgh: una catedral.

Cathedral of Learning” (Catedral del Aprendizaje) es un rascacielos de inspiración gótica y un edificio en ningún modo religioso, a pesar de su nombre y su título. Todo el mundo lo conoce como la catedral y todo visitante se sorprende cuando entra en él. Su interior recuerda perfectamente una catedral gótica, eso si, sin ninguna imagineria, sin olor a incienso y sin el rumor de los rezos, aunque su propia arquitectura impone silencio. Una vez sobrepasada la altura de una catedral típica, todavía quedan unos cuantos pisos, más de treinta, que es como si la catedral soportara sobre sus “hombros” una de esas cargas que vemos en los grabados de los clásicos porteadores chinos. Todos esos pisos están ocupados por clases y despachos de la universidad. En un nivel intermedio se encuentran una serie de habitaciones únicas, clases diseñadas y decoradas al estilo de cada nacionalidad del mundo que las ha donado. Se usan como tales clases, normalmente para estudios relacionados con la nacionalidad dedicada.

En vano busqué una clase de España, ni siquiera de alguna herencia hispánica. Parece que a ningún gobierno español, desde 1937 que fuera inaugurado el edificio, le ha interesado patrocinar una de ellas. Lo cierto es que solo en los últimos años ha aumentado la presencia hispana en esta parte del país; en este histórico revuelto de nacionalidades nunca se incluyó la hispanidad. En esta catedral hay dos mil habitaciones y dos mil quinientas veintinueve ventanas, desde ninguna de ellas se ve España.

Otro día te contaré mas historias de Pittsburgh.

Luisma, 18 de Diciembre del 2009