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Aníbal y la tahona literaria

Luis Jimenez-Ridruejo, Uninhabited Garden #3, acrylic on canvas, 56" x 60”

Luis Jimenez-Ridruejo, Uninhabited Garden #3, acrylic on canvas, 56 x 60 inches. (View in gallery)


“Mi querido ordenador (dos puntos) Espero que al recibo de esta te encuentres bien de salud, brilles de limpieza y tu pantalla luzca enfocada, precisa y llena de iluminación (si tiene algo de Ilustración, mejor que mejor)…”

Así empezaba aquel primer post que hoy celebro, por razones que no vienen al caso. Me veo a mi mismo en otra cocina, como ahora, pero a dos mil kilómetros de aquí, en Pittsburgh (Pennsylvania) escribiendo y hablando con mi ordenador, dos modelos más viejo del que tengo ahora mismo bajo mis dedos, dos lustros tienen la culpa. La vista se me pierde en el reflejo de las ventanas contemplando como S. esta amasando el pan para, acto seguido, cocerlo. Es “de buena mañana” que diría un francés y la memoria se me va, no se porqué—los olores, supongo—a una tahona en un pueblo de la sierra de Gredos, Piedrahita, en la provincia de Ávila, España. Olores a pan recién hecho. Creo, si no me equivoco, que el panadero se llamaba Aníbal. Siempre me ha llamado la atención la proliferación de dicho nombre; de los tiempos de Cartago y la Roma imperial, un montón de siglos más tarde en la España y las Américas hispánicas. El militar cartaginés debió hacerse mucha propaganda con los ‘escribidores’ de historia, para pasar por toda la Edad Media y lo de después, sin que el personal olvidase su patronímico.

¿Porqué me acuerdo ahora del clásicamente llamado: “General Cartaginés?” Pues…porque estaba releyendo mi primer post de este blog y en él hago mención del Ani (mi diminutivo de Aníbal) Núñez Sanfrancisco (el hijo de Pepe Núñez Larraz, amigo y maestro de fotografía). Aníbal, compañero del colegio de bachillerato y amigo para los restos, que no fueron muchos, el poeta y el amigo se fueron quién sabe donde, de muerte antinatural (todas lo son, desgraciadamente) y demasiado pronto. En cualquier caso y significado que queramos darle a la maldita situación, esa que los ingleses y americanos llaman: “el pasar” y que aunque haga un montón de años, hay personas de las que no te puedes olvidar. El nombre se quedó en mí para siempre, aunque como digo: son muchos los Aníbal que he tenido más o menos cerca.

Foto: Luis Jimenez-Ridruejo

Foto: Luis Jimenez-Ridruejo


He estado un rato revolviéndome la sesera y marcando con palitos en un papel, los amigos, conocidos, o los ‘famosos’ de todo tipo, con ese mismo nombre (en inglés se escribe poniendo una ache primero) y me han ‘salido’: veinticuatro, tal que los célebres Caballeros Veinticuatro del viejo Ayuntamiento de Sevilla. A veces me surgen y se me entremezclan, referencias a cosas de mis lecturas antiguas, elementos históricos (algunos que ni a cuento vienen) de los que recuerdo, vagamente (nunca mejor dicho) los nombres, o los títulos, pero nada más. Debe ser la dichosa cultura…

La cultura, que siempre jugaba en el patio conmigo a las canicas, compañeros del ‘Cole’ ante los que me destoco de una gorra de beisbol, nunca he sido de sombreros, ni siquiera de cascos. Cultura, la de esta definición de cuyo autor nunca me aparece la memoria, o lo que queda de ella. “…es aquello que se recuerda cuando se olvida lo que se ha estudiado.” Ay! Hay tantas cosas adscribibles a este capítulo! La cultura, la distancia, el olvido, más todo lo que se guarda en los repletos cajones de los sueños. Recordar, lo que se dice recordar, recuerdo bien la planicie de Zama, al norte del viejo Túnez, donde nuestro Aníbal Barca (el ‘rayo’ cartaginés: ‘Barq’) perdió su ultima batalla con Escipión “el africano”, el único general romano al que nunca consiguió derrotar; bien es verdad que para entonces Aníbal tenía diezmado su ejército, y envejecidos los dos. De sus temibles elefantes ya no le quedarían más de media docena. Él, que había tenido 38 de estos animales, sembrando el terror en Hispania. Era al paso por los Alpes, invierno y doscientos años antes de Cristo. La realidad llegó a ser: de 90.000 a 20.000 infantes, de 12.000 a 6.000 jinetes y un solo elefante, ese era su ejército al volver a África y enfrentarse al romano en Zama. Vaya trabajo enterrar a la gente por miles. En que numero se cifraría los acompañantes de un ejército tal? La intendencia siempre bien unida a la inteligencia. Además, Aníbal perdió su ojo derecho por una infección. Demasiadas pérdidas para defender un imperio que se hundía en las arenas y los roquedales tunecinos.

Foto: Luis Jimenez-Ridruejo

Foto: Luis Jimenez-Ridruejo


En esa misma Zama, siglos más tarde, en la Segunda Guerra Mundial, pelearon a base de tanques, Rommel y Montgomery. Estando allí—era un verano muy caluroso—se me hacía más fácil ‘recordar’ y hasta ‘revivir’ la batalla de Aníbal y Escipión, que la del siglo XX entre el alemán y el inglés. Debe ser mi habitual romanticismo que siempre da colorido y contribuye a mis emociones. Todavía siento, si me pongo a ello, los vientecillos ‘frescos’ de la amanecida en el Paso de Kasserine y hasta la música que llevaba en el coche: Wagner y sus tubas, que le venían al sitio que ni ‘peripintado’. Hoy día, un sitio muy silencioso. Como La Marne, como Gettysburg…De cosas y aconteceres históricos (siempre un poco novelados) ya escribía en aquel entonces, hace unos cuarenta años. Y hoy me vuelve la imagen de aquello, un yo sentado y vestido de corredor ciclista, a la luz de un rayo de sol, duro y brillante, que se colaba por un ventanillo de la tahona del Aníbal de Piedrahita.

Me gustaba escribir en un pequeño bloc que llevaba en el bolsón del maillot del Club Ciclista Charro. Eran pensamientos y figuras y paisajes dibujados; las cámaras de fotos aún eran demasiado grandes para llevarlas en la bicicleta. Eran otros tiempos y lo que si llevaba eran pesetas de papel y un bolígrafo. Todo ello dejaba espacio para unos cuantos bollos de pan recién horneados y que por un rato me calentaban los bajos de la espalda. Mientras en la tahona ocurría el ‘milagro’ de todos los días: las cinco o seis personas que esperaban la horneada, se dedicaban a leer periódicos y novelas, los libros eran un buen motivo de conversación. Los circunstantes eran típicos turistas de capital sin nada que hacer en sus vacaciones. Yo, turista también de pueblo serrano, tomaba notas en mi bloc, oteando los picos de la Sierra de Gredos, azules y fríos, tan cerca y tan lejos para subirlos pedaleando.

Del Aníbal de la tahona ‘literaria’ apenas tengo recuerdos; si acaso la eterna boina negra y sus inquisiciones sobre quien podía ser yo, hasta que lo descubrió. Como todos los serranos de esa zona, todo era empeñarse en decirte y repetirte a cada visita cuantos antepasados tuyos, del pueblo cercano, le eran conocidos. Para cambiar de conversación, alguna vez le relaté quién había sido su ‘antepasado por nombre’: Aníbal, el cartaginés, mucho antes de que a él le pusieran el nombre en recuerdo de su bisabuelo. Siempre he pensado que a principios del siglo XX, la gente de los pueblos era mucho más culta y mucho más curiosa que ahora. Cultura popular hallada en la lectura y la conversación. El cine era escaso y la televisión nonata. Debería ser al revés—hoy mejor—, pero no y todo ello ‘a pesar’ del Internet.

Foto: Luis Jimenez-Ridruejo

Foto: Luis Jimenez-Ridruejo


Aquella tahona tenía un olor característico a horno de leña de encina, a jara pegajosa de altura y al tomillo más vulgar y más oloroso, el de quemar. El pan que ‘sacaba’ S. de un horno moderno y eléctrico, no tenía esos olores sino otros parecidos, que provenían de algún interior de un ciento de tarros, botellas y jarras; cuidadosamente encerrados en un armario exclusivo, al que llamo: “Ultramarinos S. Especialidad en hierbas y brujerias culinarias” (en este caso el nombre es correcto: ‘al otro lado del mar’). La palabra tahona siempre me ha encantado, el nombre Aníbal también. Es una auténtica celebración el haber escrito este post. Como siempre, escribir en español por la noche, a cambio de hablar contínuamente en inglés por el día.

‘Oigo campanas, pero si sé donde’ Estoy aquí, en Texas, escuchando los toques de una campana que no existía y que sonaba siempre en la noche, en una iglesia, la de San Nosequé en Pittsburgh, a pocos pasos de mi casa. Iglesia que a lo peor ya ni existe como tal o se ha convertido en un restaurante, o en un club de bailongo. Al Ani—Aníbal Núñez—poeta, filósofo, artista pintor y eterno ya—amigo—le hubiera gustado San Nosequé, la enorme iglesia, perennemente vacía, donde ‘Maese Pérez, el organista’ era Ray Charles. Es difícil pero en América del Norte también se puede encontrar busilis (por cierto, otra palabra que me encanta).

Luisma, Maypearl (TX) 29 de Agosto del 2016

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Los pájaros de la plaza Dealy

(Hoy, hace cincuenta y dos años ya y aproximadamente a estas mismas horas, fallecía el presidente J.F. Kennedy en las calles de Dallas (TX). Una parte de la historia de este país y del mundo entero cambió en aquel momento. Así lo recuerdo, hoy).

magnicidio.jpg
Es una mañana fría y desangelada, es diciembre de 1.989 . Uno va andando por las calles del centro de Dallas, en Texas, y al pronto las imágenes empiezan a darte la sensación, bien conocida, del “deja vu”, del—yo he estado aquí antes—lo cual es imposible porque es la primera vez que uno está en dicha ciudad. Este edificio, a mi derecha, me es vagamente familiar y por alguna razón, que se me escapa, mis ojos se van a una ventana del sexto piso. Vuelvo la cabeza y la mirada se me va por la calle, en suave cuesta abajo, rodeada de jardines, en dirección a un puente bajo la autopista. Los coches van despacio hacia la curva del puente. Cierro los ojos y otra vez me vuelve la sensación de haber estado aquí, antes.
Me quedo ensimismado un momento y al fin toda la imágen se me aclara, las piezas se recomponen, me doy cuenta sorprendido y alucinado. Me vuelvo a la persona que me acompaña y ella asiente con la cabeza. Sí, aquí es donde mataron a Kennedy. Paso unos instantes rememorando el magnicidio, los coches descapotables interminablemente lentos, las imágenes de este lugar repetidas una y otra vez, machaconamente, en televisión, en películas. El “flashback” es autentico y hasta doloroso. Me despierta un grillerío tremendo de miles de pájaros. En los árboles, tres o cuatro solo pero grandes y copudos, frente a la fachada del Texas School Book Depository, el edificio desde el que Oswald disparó su rifle contra el presidente, hay “instalados” una miríada de ruidosos pájaros cuyo aparente único propósito es ensuciar el suelo, o las cabezas de los curiosos que miran el edificio, con miles de excrementos.
Parece como si estos pájaros tuvieran la conciencia de que este lugar debe mantenerse sucio en recuerdo de una de las peores manchas de la historia americana. A los “dalasitas” tampoco les hace ninguna gracia que el lugar sea visitado continuamente y esté en las rutas turísticas. Siempre he creído que lo que aquí ocurrió es motivo de vergüenza ciudadana para estos tejanos. Y el tiempo nunca ha borrado este estigma.
El tiempo tampoco ha eliminado ese olor perdurable a magnicidio que sentí en aquella mi primera visita a Dallas y, desgraciadamente, anticipado, vuelvo a sentir ahora en la pituitaria de mi imaginación. Un nuevo “kennedy”, esta vez de piel negra, cuarenta y cinco años mas tarde, se pasea por las rutas electorales en camino a una posible presidencia. Llegará a la Casa Blanca? Le dejaran ser presidente?
Me gustaría mucho equivocarme, pero esta noche me huele tremendamente a futuro magnicidio. Los americanos, mientras no me demuestren lo contrario, no tienen remedio.

Luisma, Dallas (TX) 22 de Noviembre del 2015

Originally posted in May of 2008.

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El entierro del Español

Marfa, Texas: In the middle of nowhere

Marfa, Texas: In the middle of nowhere.


Aquella mujer con pinta de tejana, de botos y armas tomar, y llevar, me estaba indicando con el dedo índice de su brazo extendido hacia un parterre, con unas pocas flores medio secas, delante del aparcamiento de la escuela. Era una cruz de madera vieja y deslucida, clavada en una hierba milagrosamente verde. “—Ahí esta enterrado el Español—“ dijo, hasta dos veces, creyendo que yo no lo había entendido, aunque su inglés era muy claro. Estábamos en Marfa (Texas), año 1990, en lo que los americanos llaman: el Far West Texas, el lejano oeste de las peliculas, un pueblo en pleno desierto tejano, a treinta kilómetros al sur de Fort Davis, uno de aquellos fuertes del principio de esta nación, como ellos dicen: “In the middle of nowhere” (en español: en el medio de la nada, literalmente). En pocas de nuestras palabras: en el quinto c…

Un pueblito ralo, a trescientos kilómetros del aeropuerto más cercano y a cien de la frontera con México. Paso obligado para visitar el Parque Nacional del Big Bend, de edad orogénica más o menos como la Sierra de Gredos o los Alpes, aunque más pequeño y menos alto, pero igualmente delicioso. Porqué Marfa y como, y que hacía yo allí? Fácil, me acababa de casar hacia unos días en Houston y esto era una parte de mi viaje de novios, con una particularidad: mi reciente mujer se había quedado en la gran ciudad, y yo estaba haciendo el dichoso ‘viaje’ con un amigo y un montón de armas de fuego. Atravesando todo Texas, de caza y a tiro limpio, un sueño para cualquier tejano.

La parte mas intrincada del viaje. Fort Davis, Marfa, el Big Bend…

La parte mas intrincada del viaje. Fort Davis, Marfa, el Big Bend…


La verdad es, que no me tenía que haber casado, por lo menos no esa vez, la segunda. Quien me mandaría a mí meterme en esos berenjenales? Como dicen en mi pueblo, en mi pueblo español; que en mi pueblo americano se referirían a meterse en esos barros, en esas malas hierbas o en el medio de los bosques. El caso es que me casé y como la novia ‘no tenía tiempo’ tuve que irme de viaje de luna de miel con un amigo y sus escopetas. “A falta de pan, buenas son tortas. Sancho, amigo”. Creo que ya lo he contado en alguna otra ocasión, fue un viaje de novios de caza y turismo, a todo lo largo del ancho del sur de Texas. De Houston hasta la línea del siguiente estado al oeste del Pecos, pasando por San Antonio, el valle del Rio Pecos, Langtry, Terlingua, el Big Bend, Rio Grande, Presidio, Marfa, Fort Davis y al final El Paso. Donde hicimos un par de incursiones gastronómicas al otro lado de la frontera. En una de ellas, en un reputado restaurante mexicano, cené una carne con salsa picante que a punto estuvo de mandarme al ‘otro lado’ (y no precisamente de la frontera), malísimo estuve hasta que pude vomitar, y al día siguiente, para rematar, una excursión en “Zodiac” por las aguas bravas del Rio Bravo, que así lo llaman los mexicanos al Rio Grande.

Aquel matrimonio duró ‘seis años y un día’ y de él solo recuerdo la luna de miel; mi pérdida de memoria es completamente selectiva. Un pavo salvaje, tres liebres y veintisiete palomas mexicanas, que vuelan más rápido que las españolas, recortan más y son más pequeñas. En eso acabaron mis tres jornadas cinegéticas del viaje, los gamos y los ciervos, ni verlos. Para calmar las ansias de disparo de armas de fuego de mi amigo tejano, tuvimos en alguna ocasión que parar en instalaciones de práctica de tiro, “shooting range”, abundantes en Texas, a fin de ‘entrenar’ el tiro con rifles, escopetas y hasta pistolas que llevábamos en el coche impunemente y con los debidos permisos, supongo. Todo ello para matar el ‘gusanillo’, vaya. Texas, siempre será Texas.

Pero, volvamos a Marfa, un pueblo pequeño que me iba a sorprender. Como Maypearl, el sitio donde vivo, Marfa empezó siendo un simple apeadero de tren, aquellos trenes que fueron construyendo este país y que iban avanzando todos de derecha a izquierda en el mapa, es decir del este al oeste. Algunos ranchos con ganado y las minas de plata cercanas, acabaron por evitar que se convirtiera en un pueblo fantasma más, con sus típicos matojos rodantes volanderos empujados por el viento, la clásica imagen de película del Far West. Y así pasó, Hollywood atraído por el magnifico y realista escenario del desierto tejano llegó un buen día, a la mitad de los años cincuenta, con sus estrellas, luces, cámaras y demás tropas técnicas a rodar una película en el pueblo. Usaron escenarios naturales, partes del pueblo; construyeron la ‘mansión’ del protagonista, es decir: su ‘fachada’ soportada por un entramado de andamios; por supuesto, las escenas de interiores fueron rodadas más tarde en los estudios Warner, en Burbank (California).

…con sus estrellas, luces, cámaras y demás…. Elizabeth Taylor en el rodaje de Gigante.

…con sus estrellas, luces, cámaras y demás… Elizabeth Taylor en el rodaje de Gigante.


Gracias a esta película Marfa se ganó el sitio en el mapa y al pueblo le quedó la leyenda del rodaje. La película fue: “Gigante”, un icono de la historia de la cinematografía. Elizabeth Taylor, Rock Hudson, James Dean, diez nominaciones al Oscar y uno concedido a su director George Stevens. Y sobre todo una fama imperecedera por su temática antirracista—eran solo los años cincuenta—y la ‘gloria eterna’ de uno de sus protagonistas, el malogrado James Dean, muerto poco tiempo después de acabar el rodaje en accidente de coche. Exceso de velocidad, la misma con la que fue elevado a la cima del Olimpo Cinematográfico. Cincuenta años después, Marfa ha reeditado su interés como lugar de rodaje, en el 2007 se hicieron allí dos grandes producciones famosas, candidatas y ganadoras de Oscars: There Will Be Blood y No Country for Old Men.

“—Algo debe tener el aire y la luz de Marfa—“ le decía yo ya entonces a mi interlocutora, que me contaba historias del pueblo, allí mismo, frente a la escuela donde ella daba clases. Seguía señalándome la cruz de madera clavada en el jardincillo. “Aquí enterraron el Español”, según ella: un año antes de que vinieran ‘los del cine’, una de sus antecesoras, maestra de inglés en los años cincuenta, ‘invitó’ a sus niños a enterrar sus cuadernos y un diccionario de español en el jardín delante de la escuela; a partir de aquel momento y durante largos años, quedaba dormido y desautorizado el estudio de la lengua materna de muchos de ellos. Una generación y las que siguieron detrás ya nunca volvieron a estudiar, ni hablar, el español. Tan solo cuatro palabras con sus abuelas. El tema de la película “Gigante” se hacía dolorosamente real.

Descanso en el rodaje de “Gigante”. James Dean con dos niños de Marfa.

Descanso en el rodaje de Gigante. James Dean con dos niños de Marfa.


Hace un mes ví en TV un documental sobre Marfa y los niños del pueblo que participaron en el rodaje de “Gigante”, ya de mayores, casi todos ellos méxico-americanos, y allí apareció ‘mi amiga’ la maestra, desenterrando frente a la cámara al “Español”, el pobre diccionario después de tantos años enterrado, seguía en buen estado, el idioma no creo que tanto. Dicen que lo hispano, lo ‘latino’, avanza en este país al ritmo de los millones de población que aumentan; yo no veo que se hable tanto nuestra lengua, aquí la vida es en inglés. Veremos si no llevan al “Español” otra vez a la sepultura, bastante perjudicado está ya de por sí en estos lares…

Luisma, Maypearl (TX) 27 de Abril del 2015

P.S. …El español en los Estados Unidos no es un idioma, es una excusa comercial, patrocinada y ‘fabricada’ por los que viven de ‘ello’ y permitido por altas instancias en busca de absorber y manejar doce millones de nuevos votos electorales, de votantes que lo hacen realmente en inglés.

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Las ratas de Paris

(Foto: S. y Luis Jimenez-Ridruejo) Julien Aurouze and Co. Exterminators, Rue des Halles, Paris, France.

(Foto: S. y Luis Jimenez-Ridruejo) Julien Aurouze and Co. Exterminators,
Rue des Halles, Paris, France.


Hace un rato estaba leyendo unos comentarios en un blog (Shakesville) sobre el asunto Polanski, con todo el revuelo que ha producido su persecución por la justicia de E.E.U.U. Por alguna razón, no me preguntéis cual, me vino a la memoria la tienda de venenos para combatir ratas, la de la “rue des Halles” en Paris, no muy lejos del museo Pompidou. Un escaparate delicioso, si es que el adjetivo es aplicable en este caso.

Mi “affaire” con las ratas francesas, especialmente con las parisinas, viene de antiguo, de los años sesenta del pasado siglo, y tengo varias historias con ellas. En aquellos años pasé una buena temporada viviendo en Paris, teóricamente estudiando Bellas Artes y seguramente aprendiendo un montón de vida y pasando una de las mejores épocas de mi existencia. Lo nuevo, lo excitante, en la más absoluta libertad, y todo ello con solo veinte años de edad y ningún problema físico, ni mental. Aquellos fueron días movidos y noches ajetreadas para mi. Viviendo a tope, todo lo que no se podía vivir en aquella España de los sesenta. Una vida que algún día contaré con más pormenor. Con todo y con eso, allí empezó mi afición a los museos, Louvre, Jeu de Paume, Picasso, Museo del Hombre… Fui, y soy, lo que se dice un ratón, no de biblioteca (que también) sino de museo.

En aquel tiempo el museo Pompidou no existía, por supuesto. En su lugar había uno de los mercados más antiguos y más acreditados de Paris, un mercado clásico y un sitio perfecto para rodar cualquier versión de Los Tres Mosqueteros. Un sitio de película, este mercado de Les Halles, que me dio tiempo a conocer y disfrutar. Todo esto antes de asistir a su última noche y a su voladura en la madrugada siguiente. Lo más famoso del mercado eran un par de casas de comidas que servían, con nocturnidad, alevosía y toda la premeditación posible, la mejor sopa de cebolla que uno pudiera encontrar en el mundo; si excluimos la inimitable de Paul Bocusse.

La gente de la noche parisina, gentes del más variado pelaje, solía terminar sus salidas nocturnas en aquellos dos agujeros, con aquella sopa asentando los estómagos llenos de alcohol, tabaco y drogas. Allí tuve la oportunidad de coincidir alguna vez con tipos como John Lennon, la Bardot e incluso John Wayne, a más de una florida galería de personajes y personajillos de todos los colores y plumajes. Pájaros de la noche, y alguna que otra rata que debían considerar aquel lugar perfecto de necesidad. La noche antes de la voladura del mercado me fue dado asistir a un espectáculo único en los días de mi vida. La empresa encargada de montar los explosivos, para la destrucción controlada de aquel enorme conjunto, hizo una prueba explosionando una pequeña sección, unas pocas horas antes de la gran voladura.

Era noche cerrada y salíamos de la última sopa, servida en estaribeles y tenduchos en la calle. De repente sonó la explosión de prueba y, cientos, miles de ratas enormes salieron despavoridas por las calles aledañas al mercado, como si supieran lo que iba a pasar, como un sexto sentido que les previniera de la voladura. Ni siquiera pararon por la presencia humana, ni siquiera gruñían o gritaban. Solo corrían. Como vulgarmente se dice, les olía el culo a pólvora. Un espectáculo increíble, inusitado.

Más de treinta años después de aquello, lo recordaba en la última visita a Paris. Frente a ese escaparate en el que, disecadas y colgadas, están un montón de sus congéneres. Algunas de ellas fechadas en 1925 y otras que posiblemente corrieran la noche de la voladura del mercado. Ah! Paris de la France, que país, que paisaje, que paisanaje! Y que ratas! Y yo que sigo pensando en Polanski, porqué será?

Luisma, 20 de Noviembre del 2009

[Originally posted in November, 2009]

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Divagar

”…es como tirar una silla al aire y disparar la cámara” (Foto: Luis Jiménez-Ridruejo Ramírez)


”…es como tirar una silla al aire y disparar la cámara” (Foto: Luis Jiménez-Ridruejo Ramírez)


Divagar, en el sentido de andar sin rumbo fijo, suele ser una buena solución al síndrome de la página en blanco. Divagar, en fotografía, es como tirar una silla al aire y disparar la cámara, nunca sabes que foto te vas a encontrar. A veces, divagando encuentro el tema o la situación con la cual concreto un ‘post’. Otras, las menos, utilizo la divagación para remolonear de un sitio a otro, sean las veredas o los trigales, saltando de un tema al siguiente, casi sin nexo de unión y dejándome llevar, a ver que sale. Hoy me vino la visión de un amigo de antaño, del que tengo cien recuerdos y ninguno de ellos es su nombre. Mi memoria se está yendo al carajo, y no sé por donde se escapan recuerdos tan concretos, mientras otros de la misma persona siguen en pie. Un ‘amigo’ con el que, incluso, hice un viaje por Texas de una semana alargada, cazando y visitando el país, pocos meses después de mi llegada. Como diría el pirata: “que me aspen si puedo encontrar el dichoso nombrecito!”. Tendré que referirme al susodicho por: ‘el amigo’, a menos que escribiendo sobre él acabe por recordar su nombre.

Tengo recuerdos muy nítidos de mis primeros tiempos en este país, hace ya más de veinticinco años, y al mismo tiempo me patinan los nombres de algunas personas, de las que, sin embargo, las caras y sus circunstancias conmigo se me quedan sin problemas. Las imágenes no se me despintan, los nombres se volatilizan. Extraño en aquellos tiempos en los que al conocer a las personas, las analizaba y las estudiaba para entender el país al que había llegado. Por cierto, este país no se parecía, en casi nada, a la idea previa que de él tenía. E.E.U.U. no es como en las películas, ni las películas son como E.E.U.U. Tampoco recuerdo quién dijo eso, pero es cierto. Era un ir de sorpresa en sorpresa. Así me pareció el hecho de que una persona que apenas me conocía, me invitase a un viaje largo por Texas, sin venir a cuento. Era amigo y alumno de mi mujer, la segunda, la americana. Un antiguo alumno—aunque fuese mayor que ella y también que yo—de sus Cursos de Español de la Universidad. Un tejano muy típico, si algo así existe: adinerado, triunfador, generoso, exigente, religioso, muy familiar y aferrado a su colección de armas de fuego.

Este era mi primer amigo tejano, con el que tuve la ocasión de ‘amigar’ durante un año y que luego lenta, pero seguramente, desapareció de mi vida, solo cuando se dio cuenta que con mi ‘amistad’ y mi relación no iba a conseguir hablar mejor español, que dicho sea de paso, era lo único que le interesaba de mi trato. El personaje tenía una característica muy americana, un error de concepto que he encontrado en muchos de ellos, creía que su español no mejoraba porque no había encontrado el profesor ideal, personal y adecuado. En realidad, el problema no era el profesor sino el alumno. Siempre que pienso en él, imagino una vida llena de profesores de español, uno detrás de otro, peleando por un tiempo con la incapacidad del tipo; lo que realmente quería era aprender sin estudiar, contagiarse del profesor—si era profesora mejor o más divertido—como si el idioma fuera un virus. La verdad es que desde el principio de conocerle, yo le alternaba el español con el inglés—mi parco inglés de entonces—a mí me servía también de aprendizaje, y a él le gustaba hacerse el profesor.

Mi ‘amigo’ era un avezado promotor-constructor y rentista y usaba el español para tratar más fácilmente con sus trabajadores mexicanos. A mí me vino bien—yo a él no creo que tanto—era un tipo paciente y solía repetir y repetir mis a menudo flojas o equivocadas pronunciaciones. El mimetismo siempre se me ha dado bien, tanto en inglés como en otros idiomas. Acabé cogiéndole el punto al inglés y a estas alturas—faltaría más—lo tengo mejor que el francés, o por lo menos más usado y afinado. De todas maneras a los diez minutos de hablar francés continuado, me pongo raudo al día y me sale como las salchichas de una cadena de producción: suave, engrasado, rapidito y reluciente. Siempre me las he arreglado para tener a mis alcances alguien francófono para practicar de vez en cuando y ahora, en la pradera—Internet sea loado—puedo leer los periódicos parisinos con regularidad. Salvo algún e-mail, a salto de mata, escribo poco en francés. Una pena.

Aunque últimamente no ha sido tal, a causa del asunto “Charlie Hebdo” me he pasado una temporada usando el francés más que lo hubiera querido, o por lo menos por la peor razón posible. Uno de los humoristas muertos en el atentado de Paris, en la redacción de su periódico satírico, era mi querido Wolinski, con el español Forges, mis dibujantes de humor favoritos y admirados de siempre. Prefiero no comentar nada más sobre ello y solo dejar el sentido de una enorme aflicción y pesadumbre. Nunca podré olvidar mi viñeta favorita de él, que debe andar rodando entre mis papeles importantes. Era un dibujo sin palabras, un ‘rebaño’ de ciegos, todos ellos iguales con sus gafas negras y sus bastones blancos, conducidos y ‘pastoreados’ hábilmente por un perrillo ovejero. Delicioso. Wolinski decía: “No hay humor blanco, negro, amarillo, judío, árabe, es simplemente humor; como agua, fuego, aire, oro, tienen siempre la misma composición’. Por lo de “Charlie Hebdo” he caído en la cuenta de cómo, en los últimos años, ha ido desapareciendo el humorismo gráfico, los chistes y viñetas, de las publicaciones y prensa americanas. Alguien lo señalaba y, no sé, habrá que echarle la culpa al Internet, como ocurre con casi todo. Salida fácil.

A la memoria de Georges Wolinski (1934-2015) R.I.P.  (Foto: Luis Jiménez-Ridruejo Ramírez)

A la memoria de Georges Wolinski (1934-2015) R.I.P. (Foto: Luis Jiménez-Ridruejo Ramírez)


Divagando, se me ha hecho de noche cerrada. Sentado, sin rumbo fijo y sin estrellas que me iluminen. He debido tirar unas cuantas sillas mentales al aire, a la frontera de las sombras. No encuentro ninguna imagen, ni que me valga, ni que no. Mi memoria ha descarrilado totalmente para lo que queda de noche. El ‘amigo’ americano y el humorista francés difunto han descansado ya dentro del ‘post’ y una vez más me he escabullido del síndrome de la página en blanco. Hasta la próxima vez que me venga el dichoso síndrome, que será de página, de fotograma o de lienzo en blanco, según lo que toque. Y que vendrá, seguro que vendrá. La culpa es de ‘los Internets’, no me cabe la más mínima duda…Anda, deja ya de divagar que te vas a desvelar, hombre.

Luisma, Maypearl (TX) 19 de Febrero del 2015

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Atardecer mágico en la ventana trapezoidal

Foto: Luis Jimenez-Ridruejo Ramirez

Foto: Luis Jimenez-Ridruejo Ramirez

Es como si el cielo ardiera de arriba abajo, como unas montañas rojizas y anaranjadas colgadas dramáticamente, boca abajo, sobre los edificios azul pizarra recortados sobre un fondo amarillo y verde-pálido que ahora cambia, lentamente, a un gris brillante como de agua profunda de pozo. Las gotas, pocas y en ráfagas que parecen manotazos en los cristales, se tiñen de verde-hoja al terminar de resbalar sobre el plano.

Mientras tanto, los pináculos piramidales de la catedral-oficina se encienden de blanco suave, el irreconocible signo se ilumina de azul néon-crema y con los tres verdes fuertes acompañando los puntos rojos cimeros parece señalar la miríada de rectangulares ventanas amarillas, casi doradas, cegadas a primera impresión por la fuerza de la cúpula brillante a su lado, como una lámpara novecentista de cuentas colocada al revés, igual que las nubes montañosas que van ardiendo de más a menos, asemejando el incendio de un virtual, soñado, bosque de pinos albares.

Es como si el incendio del cielo se fraccionara en franjas radiantes de un rojizo que se va apagando de arriba abajo, como si el diamante luminoso que lo producía se escondiera detrás de un macizo telón colgado del revés, gris oscuro de plano liquido, poco a poco ganado por el verde amarillento del fondo total. Allá arriba, arriba del todo, empieza a vislumbrarse el color noche, que no me atrevo a definir y que al final sé que ganará la partida. Como cada día que se precie de serlo.

Foto: Luis Jimenez-Ridruejo Ramirez

Foto: Luis Jimenez-Ridruejo Ramirez

Se acabó. Fueron unos pocos minutos, o quizá muchos. La música era mágica, Mozart y Pink Floyd sonando al mismo tiempo y no había problema, acuerdo total.

Luisma, Pittsburgh 2008

[originalmente colgado en enero del 2008]

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Las dunas de Chesterton

photo of Indiana dunes by Luis Jimenez-Ridruejo
Puede que sea difícil de imaginar, o puede que yo no sea capaz de transmitir las imágenes. Hace años, Julián Marías me dijo: escribe lo que no puedas pintar y pinta, fotografía en otros casos, lo que no puedas escribir. Lo intentaré, porque las impensables escenas que presencio, muchas de ellas conmigo dentro, son el pan de cada día de mis aventuras en este país.

Estoy en Chicago, una de mis ciudades favoritas en el mundo. Llegamos hoy, y ya estoy frente a mi ventana en la habitación del hotel Congress Plaza, con vistas al lago Michigan que, como siempre, más parece un mar, un mar de acero gris azulado. La sangre luminosa de los coches fluye abajo, once pisos más abajo; chorros de glóbulos rojos y blancos entremezclados, desde la avenida Michigan hasta la Lake Shore y las calles cruzadas del Parque del Milenio. Las primeras luces de la noche, desde esta ventana, un espectáculo que siempre tiene la virtud de hipnotizarme; puedo estar mirándolo durante largo tiempo, embobado en cualquier pensamiento o remembranza.

photo of Indiana dunes by Luis Jimenez-Ridruejo
Venir hasta aquí, en coche, es ya una manía. Estados Unidos hay que viajarlo en coche, a pesar de las monstruosas distancias. Y cada viaje a Chicago ( unas siete horas, desde Pittsburgh, rodando rápido) es una fuente de nuevas aventuras. Por más que se miren las predicciones de los hombres del tiempo, siempre hay una sorpresa, sobre todo en recorridos largos. Esta vez, con la primavera ya oficialmente entrada, después de dos horas de camino, nos empezó a caer nieve; que siendo de noche era cegadora, mareante, y dificultaba la conducción. Total, que paramos a dormir, y continuar al día siguiente, ya sin prisas, lo que produjo el avatar de turno y la aventura significativa del viaje.

Photo of Indiana dunes by Luis Jimenez-Ridruejo
A la mañana siguiente, sol y viento, enfilamos hacia Chicago. Tras un tiempo de rodaje tranquilo, se estropeó un sensor de temperatura y para cambiarlo tuve que salirme de la autopista, y eso fue en un pueblo con un nombre muy literario: Chesterton, en el estado de Indiana. Después de varios intentos, el asunto nos lo arregló un “currito” con taller personal y aspecto de orondo bien comido, y bien bebido. Mientras esperábamos la reparación, en su sala de espera—oficina—salón de té, reparamos en unas fotos colgadas en la pared de algo que se anunciaba como Parque Nacional de las Dunas de Indiana. El tipo insistió que fuéramos a conocerlas—oiga, solo cuatro millas y son una delicia! Echada ya la tarde a perros y con el sol cayendo, y muy fotográfico, nos fuimos a ellas armados de cámaras y protegidos del frío viento, y—Oh, maravilla! La cosa valía la pena, y mucho!

Photo of Indiana Dunes by Luis Jimenez-Ridruejo
Pasamos unas buenas dos horas recorriendo el sitio y pisando, fotográficamente, la arena suave de las dunas. Quien iba a pensarlo! A cuatro millas de la dura y pura carretera, unas dunas increíbles, a orillas del lago y tan solo un “tiro de piedra” de Chicago, que se apercibía en lontananza, al otro lado de las aguas. Será un lago, que lo es, pero a mi siempre me ha parecido un mar. Son famosas las historias de tormentas brutales en este lago-mar, hundiendo barcos. Una de estas historias se me quedo grabada, la zozobra y naufragio de un velero, a finales del siglo XIX, que transportaba el abastecimiento de árboles de navidad para Chicago. Nunca ha sido encontrado.

Photo of Indiana Dunes by Luis Jimenez-Ridruejo
Volviendo a las dunas. Al punto me informé del paraje y su historia. Otra vez la glaciación Wisconsin, la misma que produjo las cataratas del Niágara y la recesión de los glaciares de los grandes lagos; al retirarse produjeron estas dunas que, además, son unas de las pocas, treinta y cinco en todo el mundo, “dunas cantantes” o “silbantes”. Buscando información sobre dunas, aprendí que también existen dunas que “ladran”, tal que si fueran perros. Que cosas!

Photo of Indiana Dunes by Luis Jimenez-Ridruejo
Las dunas, pequeñas pero magnificas, eran un coto fotográfico de primerísimo orden. Las arenas de un color caramelo-rojizo, de increíble suavidad a la pisada, al tacto y al ojo, nos rodeaban por todas partes. Contenían, incluso, pequeños estanques de aguas trasparentes y matas de juncos.Una vida reflejada en otra. Los espejos de la naturaleza.

Photo of Indiana Dunes by Luis Jimenez-Ridruejo
Un verdadero coto de caza. Un ciento de “cartuchos” se nos fueron entre los dos “tiradores” y el símil cazador me trajo el recuerdo de mi nunca olvidado Pepe Núñez Larraz que, aquí, hubiera gozado como un “marrano con paperas”. Así sucedió con Sarah, que sacó y cobró las mejores piezas. Algunas de las fotos de aquella tarde inolvidable son las que ilustran este “posting”. Aunque bien mirado, cualquier tarde con S. es siempre inolvidable.

Photo of Indiana Dunes by Luis Jimenez-Ridruejo
Dunas, agua, viento frío, olor a agua dulce de lago, vallas de madera sosteniendo la integridad del fenómeno…Ni las palabras, ni las imágenes, ni la feérica música de Vaughn Williams, allí en Chesterton (Indiana), quedan esas dunas esperando que alguien visite su delicada existencia. Antes, quizás, de que un mal viento se las lleve.

Luisma, 30 de Marzo del 2010 ( Fotos S. y L.)

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[Originally posted in April 2010]

B & C, y su chófer

FM66… en un albero con dos pinos, entre Maypearl e Itasca.

FM66… en un albero con dos pinos, entre Maypearl e Itasca.


A veces pienso que es solamente una manía. Una manía exacerbada por las temperaturas benignas de esta parte de Texas. Me gusta sentarme al sereno en este banco de madera pelada y seca por tantas noches y tantos días a la intemperie. Un banco de película del Oeste. También hay un columpio peliculero, pero me gusta más el banco aunque sea solamente medio cómodo, además está protegido por el tejadillo del porche abierto de la casa principal. No es la casa en la que vivo, esa es la otra, la de al lado, la más grande, más alta de techos y separada por un camino de roderas de coche; la que tiene el gran porche-galería acristalada: el estudio donde pinto. Este banco en el que me siento por las noches, casi nunca durante el día, le confiere el carácter de casa de la pradera americana. Dos típicos pilares de reja fundida de molde enmarcan la escena.

Sé que el motivo de estas sentadas no es tanto el sosiego como el aspirar el olor de la pradera, vislumbrar los ruidos de la noche, seguir el viento que barre de izquierda a derecha y provoca el ris-ras de las ramas de los arboles. Escuchar el silbido de las agujas de los pinos, dos, de la rotonda que nos separa de la carretera. Fulguran luciérnagas en el albero. Es en la noche cuando los olores vienen mas densos, pronunciados, separados; se distinguen unos de otros como si fueran parte de un muestrario, algunos primarios, otros misteriosos. Hoy, noche oscura sin luna, un olor peculiar llega de la carretera FM 66, la comarcal que pasa a lo largo de la finca; la llamaría rancho si tuviéramos animales, pero, me temo que un viejo gato cascarrabias, permanentemente malhumorado, y un perrito “elegante”, de ciudad, Cavalier King Charles Spaniel ( ! ), que solo sale de la casa para dar pequeños paseos y hacer sus necesidades, no admiten el calificativo de ganadería.

Decía que de la FM 66 llega el olor desabrido, fuerte y claro, a “skunk” (no a la marihuana, que también se apoda de esa manera), a la mofeta, que los mexicanos llaman: zorrillo apestoso, algo como si hubiera habido un accidente de coche y se hubieran quemado los neumáticos. Olor característico y persistente a más no poder, pocos como ello. Tarda lo suyo en remitir y mientras tanto me quedo un poco anortado, perdido en la ensoñación, revirando con la mente las curvas del camino entre Maypearl e Itasca. Me veo conduciendo a volantazos el Ford V-8, algo destartalado por las últimas correrías, con Clyde sentado a mi lado haciendo ruidos con su dentadura y Bonnie—ah, la risa de Bonnie—en el asiento de atrás con las piernas bamboleando de un respaldo a otro y pidiendo ostensiblemente la parada de la meada.

Al fin lo hago, con chirriar de frenos y derrapaje en el chinarrillo, saliéndome en un albero con dos pinos frente a un robledal tupido. Recuerdo bien el sitio, cruce de caminos y mucho boscaje en el fondo. Bonnie se apea y se agacha para hacerlo con descaro, a ojos vistas. Clyde camina por entre los árboles silbando y manoteando mosquitos. Yo me quedo estático, suspenso, siguiendo los fosforescentes, cortos, vuelos de las luciérnagas y oliendo el motor y las ruedas del coche. En el asiento de atrás brillan las cachas de un revólver y el objetivo de una cámara de fotos. Miro la luna en lo alto y pienso que ya he estado aquí antes…o ha sido después? Hace muchos años, o dentro de muchos años. Aspiro profundamente y me llega un acre olor a quemado, goma de ruedas. Pero no puede ser del coche porque estoy a su lado. Viene de la dirección del pueblo que dejamos atrás. Cuatro casas. Itasca se llamaba, creo recordar. Extraña sensación la de estar en este lugar. Me acordaré de este sitio.

B & C…dos pinos…quizás sea esta una foto de aquella mañana.

B & C…dos pinos…quizás sea esta una foto de aquella mañana.


Como si flotase a media altura, el olor se desvanece poco a poco en dirección a la casa del porche, al estudio. Sentado aquí, en esta noche al igual que tantas otras, a solas con mis pensamientos; con recuerdos de aquí, de allá, de cómo sería este rincón del mundo cien años atrás. Si los dos pinos al frente quisieran hablarme. Las luces de un coche me enfilan de largo y pasan dejándome deslumbrado por un instante. Arrastran consigo todos los ruidos y el lugar se aquieta. Persisten los olores…Cien años hace que Bonnie and Clyde, y su chófer, a punta de pistola y escopeta, atracaron el banco de Maypearl; el banco que ya no existe, en una mañana caliente y luminosa, después de pasar la noche, en su coche, en algún lugar cercano al pueblo.

Luisma, Maypearl (TX) 14 de Julio del 2014

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El oropel y la fanfarria

Panem et circenses…izquierda…derecha…lo mismo da que da lo mismo

Panem et circenses…izquierda…derecha…lo mismo da que da lo mismo


Atíza, Witiza! “Teneis” un nuevo rey y yo sin enterarme. Todo como a medio escondidas. No decíais que para el siglo XXI solo quedarían los cuatro de la baraja?
He tenido que leer un periódico online español para darme cuenta de que el viejo príncipe ya es Felipe VI. Felipe Seis, que le dicen, me ha pillado más americanizado que vosotros mismos, es decir: oficialmente americanizado con ”papeles”. Parece que de una sola tacada me he deshecho de la monarquía hereditaria, de la España de las comunidades autónomas, de la crisis frontal y la parietal, de las tres P (PP-PSOE-Podemos) del polvo, del sudor y del hierro de la estepa castellana, aunque esto último no estuviera en el catálogo de mis intenciones. Solo parece…hay cosas que no se pueden cambiar y a mi me lo pone en la etiqueta.

Ahora resulta que soy americano, de los USA, que manda narices! Como ha podido pasar semejante cosa? Quien me ha visto y quien me ve…de los gorritos de soldadito, cuando era un infante y que eran de papel couché verde, a las boinas de fieltro de la OJE y de allí a los quepis grises y los mosquetones de aquella corta “mili” en Matacán, que se zanjó con una jura de bandera, banderita roja y gualda; al parecer no iba a ser la última, empiezo a tener más banderas que un barco pirata. Por fin, tras veinticinco años en este país, he cantado las cuarenta en barras y estrellas. Encima, y para más delito, me eligieron para soltar el discurso de los “nuevos” en la ceremonia—más juras que en Santa Gadea—, con toda la pompa y circunstancia. Y allá que me fui a tocarles la fibra sensible, que es algo que se me da bien. Que uno cuando quiere es ancho de palabras y su estética.

“…he cantado las cuarenta en barras y estrellas.”

“…he cantado las cuarenta en barras y estrellas.”

Así que Felipe VI, eh? O sea, que la tercera república tendrá que esperar una temporada. Mientras tanto yo aquí perteneciendo al Imperio, una república impositiva (entiéndase esto como a cada cual le pueda petar), y que por ello insiste en pagar mi jubilación, que ya es algo, aunque no sea mucho. No soy republicano, ni demócrata todavía, es decir, estoy en el limbo hasta que vengan las próximas elecciones y me dé por votar. Aunque ya me cortejan los dos partidos, buscando mi dinero, que me da la risa floja y pendulona. Ay! Si ellos supieran lo poco que me pueden sacar, no me importunarían con cartas circulares y llamaditas robóticas de teléfono.

De España me llegan las noticias de que vuelvo a ser monárquico “de toda la vida”, con lo cual parece que estamos haciendo “goma”—p’alante/p’atrás—y que, al compás, la tan mentada crisis vuelve a salir de debajo de los colchones, allí donde estaba el dinero que se gastó en producirla. Ahora, se recortan presupuestos y gastos hasta en las celebraciones de la nueva monarquía, que siempre han producido la impresión de ser unos pobres de pedir. A ver si la dichosa “marca-España” se resiente por no darle unos fastos, al menos visuales, acordes con el oropel y la fanfarria que otrora nos hacían respetables en el “concierto internacional”. Aunque haya que desandar cuatro Felipes y una Inquisición. Y, para chasco, eliminados del Mundial a las primeras de cambio. Vaya un estreno de reinado!

Había menos gente en la celebración callejera del nuevo monarca que en el festejo popular de recepción a la selección de fútbol a su llegada de Sudáfrica. Algo les debe decir esto a los del gobierno: más futbol y menos reyes. Más organización. Se está perdiendo la experiencia. Con Franco estas cosas no pasaban. Se ponían todos los autocares de La Serrana y Cía., llenos a rebosar de gente de los pueblos que animaban las calles de Madrid por unos bocatas y unas gaseosas. Aquellos “boinas” eran incansables e inasequibles al desaliento. Un día de fiesta en la capital y cinco duros para los gastos…y a dar “buena” imagen internacional de adhesión inquebrantable en las fotos poco enfocadas de todas las agencias gráficas. Hasta los americanos lo hacen esto de maravilla.

Ay! Juventud, divino tesoro. Y yo sigo insistiendo que puedo tener tics, pero ni un gramo de nostalgia. Ni de la monarquía, ni de las virtuales repúblicas, ni de las democracias que me llaman por teléfono. Volvería atrás, hasta incluso para repetirme del todo, tampoco ha sido una vida tan mala. Y ahora, Texas otra vez, y otro blasón…aunque dicen, las lenguas de doble filo, que en Costa Rica se vive muy bien de jubilado y por poco dinero; además, también tienen fútbol y televisión por satélite. Panem et circenses. Quedará alguna otra bandera por jurar?

Luisma, Maypearl (TX) 20 de Junio del 2014

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La Décima en el quinto c…

“…colgándolas del tendedero, así se orean y no se martirizan en la secadora…”

“…colgándolas del tendedero, así se orean y no se martirizan en la secadora…”

Mis vecinos…no sé como llamar a los habitantes—somos pocos—de Maypearl, Texas, este pueblo donde vivo…no saben todavía quien soy. La traducción literal del nombre sería Perla de Mayo, quizás: Perleños, exagerando un poco podría ser: Mayperleños. Quién sabe? El caso es que ellos, los que andaban por la calle esta tarde de mayo florido y los que estaban parados en el semáforo ( el único que hay ) del pueblo, deben haber pensado que me había vuelto loco. Entré en la calle, que es también la carretera ( FM 66 ), como en tantos sitios de Castilla; conduciendo despacio, tocando la bocina del coche, obsesiva y acompasadamente, cantando la canción del día ( * ) y saludando a todo el poco mundo con una sonrisa de oreja a oreja.

Son la cuatro de la tarde y hace un calor de mil demonios. Huele a plomo, a sudor y a epopeya del Oeste. El sol pega de plano y me deslumbra, como si estuviéramos en Camas, al lado de Sevilla, en España. En realidad he pasado las últimas tres horas en la semioscuridad del salón, pegado a la tele, en la pantalla una Lisboa en la que ya era de noche. Noche gloriosa y futbolera. Mi Madrid, el Real Madrid, acaba de ganar ( por fin! ) la Décima Copa de Europa, la dichosa Champions. No se me ha ocurrido otra cosa que “salir” con el coche a celebrar, ruidosamente y en solitario, la efemérides. Doce años y yo con estas canas.

Y digo que la celebración era en solitario porque no creo que haya ningún apasionado del fútbol (soccer) en muchos, muchos, kilómetros a la redonda; esta pradera tejana es muy grande y es toda tierra del otro football, la segunda religión de Texas, la primera es la religión ( cualquiera que sea ). Lo más parecido a un futbolero ( !? ) podría ser una manceba de la farmacia en Waxahachie, un pueblote grandón a unos dieciséis kilómetros, que dice ser “fan” del Barcelona y de Messi ( quién le habrá engañado a la pobre? ) y que ha tenido que aguantarme lo de la Copa del Rey, y que tendrá que hacerlo mañana con lo de la Décima. Iré a la farmacia con la excusa de comprar unas aspirinas y a “perdonarle” la vida. Descubrió que yo era del Madrid porque a menudo llevo camisetas, o el chándal, y casi siempre la gorra del Centenario.

Lo de mi madridismo es desde que tengo uso de razón y la fidelidad es total, exceptuando una tarde en el Bernabéu en la que tuve el corazón partido. Fue el día en que la U.D.S., el Salamanca, le ganó al Real por cero a uno; gol de Alves, aquel portugués pequeñito que siempre jugaba ( y muy bien ), frio, calor o lluvia, con unos misteriosos guantes negros. Pero de aquello hace ya muchos años y me lo he perdonado. Desde el principio de los noventa y para acá, que me vine a este país, la Liga y la Copa de Europa—nunca me ha gustado lo de Champions—han sido por la televisión, menos unos pocos partidos en Chamartín, durante mis viajes a España en los últimos veinticinco años.

Así que el gol de Sergio Ramos, y los demás, se los grité al perro que salió corriendo asustado creyendo que se le caía la casa encima. Después de la entrega de la Copa, en plan celebración, como si fueran campanas al vuelo, lancé todas mis camisetas de todos estos sufridos años de espera… a la piscina! Todo ello antes de tirarme yo mismo, vestido. En la confusión también se fue al agua la Roja del Mundial, con estrella y todo. Por eso en la foto aparezco colgándolas del tendedero, así se orean y no se martirizan en la secadora; que me tienen que durar muchos años…todos. La Undécima puede que la vea; el segundo Mundial, la verdad, no tengo muchas esperanzas. El próximo está al caer y me da a mí que ya no va a ser lo mismo.

La Décima se hizo de rogar y me ha pillado aquí, al final del mundo y del Imperio; igual que el Mundial, hace ya cuatro años me cayó en Pittsburgh. Tanto la una como el otro me han encontrado vivo y con ganas de futbol, vicio eterno y panacea universal. Nada me sienta mejor ni me quita las telarañas de todo tipo, sobre todo las mentales, que un buen partido de liga española, o inglesa ( ahora que está llena de españoles ), visto desde la distancia y sin los inconvenientes naturales de estar en el país. A pesar de las retrasmisiones en inglés; si bien, las prefiero a las de los canales hispanos; se me hace difícil aguantar la masacre del idioma. Me gusta imaginarme en el estadio con el runrún de la expectación y el olor a puro. Aunque sea desde aquí, desde el quinto c…

(*) Ah!…la canción del día reza así: “Madrid, Madrid, Madrid… Hála Madrid! Y nada más y nada más… Hááá-la Madrid!”

Luisma, Maypearl (TX) 25 de Mayo del 2014

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