May 8th 2010
De Fotografía

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“Vista desde la ventana en Le Gras”. La primera fotografia. Niepce, 1826.

De mi afición a la fotografía, no creo que haya nadie que tenga ninguna duda. Como medio de expresión siempre ha sido mi mejor envite. Solo superado, quizás, por la palabra escrita o hablada. Siempre en ese mismo orden. La pintura, con todo y ser predilecta—la de los demás—, siempre ha sido una fuente de frustraciones; iluminadas—muy de vez en cuando—por ciertos cuadros conseguidos. Y aún, emborronada por la dichosa categorización de “elegante”, suministrada—gratis et amore—por mis críticos, que tanto me quieren y tanta consideración me dispensan…Ja! Sí, es verdad que mis éxitos fotográficos han sido siempre más celebrados que los pictóricos. Quizá, en una próxima vida, el espíritu de San Leonardo da Vinci intermediaría para que la cosa cambie…Ja!

Mi amor por la fotografía fue como novia temprana, empezó muy pronto, y fuerte. Tan pronto como mi curiosidad y mi voyeurismo. Fue la decantación de estas dos lo que me llevó, rápidamente, a la cámara. Los primeros años fueron inevitablemente imitativos, imitar las fotos de las revistas y de aquellos números del “Photography Annual” que me caían en las manos. Ahora que vivo en América sé que lo que intentaba hacer, entonces, era “fotografía americana”. Y que dificil es hacer fotografía “americana” cuando uno vive en España! Lo curioso y sorprendente es que ahora que podría, o pude, hacerla…Ya no me interesa. Aunque, bien mirado, que es sino fotografía americana lo que ahora hago?…Ja!

Tan entusiasta de ella, sin embargo, no conservo casi ninguna prueba de aquella época. Después, en mis primeros veintes, me fuí a Paris y descubrí la fotografía “francesa”. Darme cuenta, gracias a Cartier Bresson—modelo ideal de lo que un fotógrafo debería ser—de las luces fuertes, de las sombras duras y de todos los “reflejos” del mundo. Y la intención, claro. Hice mi primera exposición. Exhibición cándida de un documentalismo confundido con el arte manipulador del laboratorio; alteraciones de la realidad, en blanco y negro. El color, en aquél momento, era prohibitivo. Eran los años sesentas del pasado siglo( ! ). Tampoco conservo casi nada de aquellos días de hiposulfito y rosas…Ja!

Más tarde, tuve mucha suerte, mi camino se cruzó con un maestro de la fotografía. Algo que me hacía mucha falta. Me enseñó el fundamento primario de ello: VER. Era un cazador, no solo en el clásico y propio sentido cinegético: cazaba luces y momentos, es decir, la vida. Me enseñó a ver la foto antes de de hacerla, composición, estética…El arte de un arte nuevo. Pepe Nuñez Larraz, maestro siempre en mente, me lo decía: “ Se trata de ver, la cámara es, simplemente, una herramienta”. Imaginé despejar las presencias humanas y eso me llevó a la abstracción, a la que vuelvo ocasionalmente si la situación y el asunto lo exige. Más de treinta mil negativos y diapositivas guardo, desde aquellos tiempos y hasta la aparición del soporte digital. Tantas cámaras y tan “sofisticados” accesorios arrumbados por una “simplísima” y pequeñísima cámara digital. Ahora hago, con su ayuda, toda clase de fotografías. Todo es cuestión de ver. Que gran parte de mi vida fue estar, tantas veces, al lado de Pepe, oficiando de “aprendiz de brujo”…Ja!

Ver el mundo…Perpetuar lo visto. Ahora sé que para poderlo recordar. Claro que, no es solo la fotografía que uno hace; luego está la otra fotografía, la que otros hacen, la que son los recuerdos de otro. Y en la interpretación de ella es cuando surge la propia imaginaciòn. Una puerta abierta al gozo, a través de una mente que no es la nuestra y que nos permite una invasión en tantas otras cosas, y otros tiempos pasados. Tanta belleza aprehendida. Durante mucho tiempo ya…Pronto serán dos siglos de aquella primera imágen fija, que necesitó ocho ( ! ) horas de exposición. Hoy, tengo más de mil fotos “guardadas” en un “pin”, del tamaño de mi dedo índice.Y, ni siquiera acierto a plantearme como será la “fotografía” del futuro. Quién pudiera!…Ja!

Luisma, 30 de Abril del 2010

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April 23rd 2010
Once Upon a Time…

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Érase una vez….Un grupo de piratas. Unos piratas muy originales. Piratas que mascaban chicle, en vez de mascar tabaco. Vestían unos trajes muy poco clásicos, para ser piratas. Nada de pantalones raídos, ni chalecos con pechos peludos al aire; algunos pelos largos si que había. No eran la inveterada imágen del pirata que uno guarda en la imaginación, desde los tiempos infantiles. Nada de Barbarroja, Barbanegra, Morgan, o los Hermanos de la Costa, nada del —“Ni Patria, ni Dios, ni Rey”—, nada de anarquía! Ni siquiera iban como los tradicionales, descalzos. Antes bien, llevaban zapatillas deportivas de diseño.

En suma, unos piratas muy propios, y muy suyos. Aparentemente, como salidos de un paquete con envoltorio de papel de celofán y cintas de colores.Todos limpitos, brillantes y sin mácula; “se veían muy bien” pues ninguno necesitaba de parche en el ojo. Iban oliendo a perfume caro y palomitas de maiz, y marchando, elástica y olímpicamente, con sus armas bajo el brazo; intercambiando entre sí unas pelotas que, eso sí, parecían menos pesadas que las de arcabuz. De vez en cuando, las golpeaban con sus armas; que eran unas curiosas estacas redondeadas, de madera.

Cuando estos piratas le sacudían un buen estacazo a las bolas,— cosa ésta, que no ocurría a menudo—, éstas pelotas, que eran del grosor de una bala de bombarda pequeña o de falconete, salían disparadas hacia el cielo, a gran velocidad; y ellos soltaban, o más bien tiraban, su arma al suelo y rompían a correr, tal que si estuvieran asustados ante el gran griterío de la comparsa pública: multitud de gentes, confortablemente sentadas en las murallas de unas extrañas fortalezas. Construcciones éstas, de altos muros inclinados y desde donde, amigos y enemigos, se dedicaban a jalear y corear sus nombres, y a vociferar estentóreamente. Para mejor reconocimiento, cada pirata llevaba inscrito su nombre, en la espalda. El gentío, mientras, comían y bebían asaz, viéndo como los piratas iban y venían a bolazos con sus enemigos; corriéndo, unos detrás de otros, por los fosos verdes del castillo.

Increíblemente, iban vestidos con un cierto grado de uniformidad que los hacía muy visibles, justo lo contrario que, en otros tiempos, ocurriría con los secuaces del Olonés. Así, de lejos, uno podía captar que eran de voz británica, o lo parecían. Aunque su inglés era diferente; yo diría que del norte del Caribe, o de la Florida, de eso que llaman los Estados Unidos. Incluso, muchos de ellos, hablaban castellano de las Indias; posiblemente, fueran renegados, o antiguos prisioneros, en busca de redención. Con los piratas uno nunca sabe cuales puedan ser las razones.

Estos Piratas no necesitaban del robo y el pillaje, pues estaban muy bien pagados por los propios dueños de los castillos. A la vista de lo cual, me figuro el cálculo, los motivos de la pelea debían ser económicos, como siempre. Que si me gustaría ganar más que aquel…que si la vida no es un juego…Todas las excusas son buenas para pelear. Malas lenguas hablaban de ser una competencia deportiva, pero todos sabemos que tal cosa es un imposible.
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PNC Park. Pittsburgh. Foto de Ian Manka.

Y así estuvieron, por luengas horas, corriéndose unos tras los otros y lanzándose bolazos, hasta que se les echó la noche encima y decidieron dar por sentada la competencia, sin bajas ni victimas. En lo alto del castillo, junto a las banderas que ondeaban al viento, alguien había puesto unos signos iluminados por muy raras luces, y que rezaban asi: Piratas de Pittsburgh, 6—Yankees de Nueva York, 4. Abajo, el jardin tan verde por el que se perseguían todos ellos, estaba vacio. Algún condestable habría decidido posponer la batalla hasta un siguiente día. Cosas de la vida!

Luisma, 18 de Abril del 2010

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April 15th 2010
Jean Renoir en Chicago

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Cada vez que voy a Chicago, indefectiblemente, tengo que ir al Art Institute, el museo. Al igual que la ciudad, es uno de mis museos favoritos en el mundo; y a partir de este viaje, uno de mis lugares soñados para pasar el tiempo, un verdadero jardín mental. En los últimos años el AIC ha estado de obras, creando una parte nueva: The Modern Wing. Esto, en un museo que ya, de por si, era una maravilla y ahora se ha convertido en un lugar mágico. Y me dan igual las críticas, no muy benevolentes, de algunos “especialistas”; esos que siempre tienen que “encontrar” algo para, quizás, justificar su existencia. Los mismos que nunca han creado nada, al menos nada bueno.

Renzo Piano, ha conseguido algo bueno, o mejor que bueno: único y mágico. Blanco, como un lienzo imprimado en gesso, una de las mejores maneras de colgar arte pictórico y de rodear de fondos los espacios para escultura. Blancos sujetos por suaves grises, pisos de maderas rubias y ventanas de hueco completo, enmarcando la obra de arte exterior e incluyendo esa arquitectura en la propia exhibición. Sin abusar de ella, sin ser demasiado obvio, matizando la visión con unas delicadas cortinas-pantallas que dejan admirar pero no hacen “sombra” al arte del interior. Y esta nueva ala que encara los rascacielos de downtown y el “guguengemiano” Gehry del Milenio, tiene unos bancos de asiento, a la distancia adecuada de los velados ventanales; un sitial magnifico para pasar las horas muertas, hoy en día, más bien los minutos muertos. Viendo y absorbiendo belleza.
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Cada museo que conozco, tiene unas “piezas” que lo hacen singular y especial, para mi. Son las obras de arte que más fijan mi atención y me hacen volver a ellos, una y otra vez, como el que visita a viejos amigos. En el AIC, durante muchos años, ha habido una obra de arte de mi especial atracción. Algo extraño en mi, porque no hablamos de una pintura, ni una escultura, ni siquiera de una fotografía. Se trata de unas vidrieras, una obra de Marc Chagall. Su titulo: America Windows (Las Ventanas de América). Un trabajo fantástico y original, dominando los azules, en tres piezas (ventanas) estupendas.
Desgraciadamente, en las dos ultimas visitas, brillaban por su ausencia. Están en restauración, y una buena mujer, del servicio de vigilancia, me comunicó que volverán a la caída de la hoja, este mismo otoño. Albrícias!

Esta vez, decidí buscar “sustitutos” a mis vidrieras y los fui a encontrar en donde menos me iba a figurar: Renoir y Morisot. De vez en cuando, me gusta volver a beber en las fuentes del Impresionismo. Que gran época, para haber vivido en ella! Siempre mi indisimulado romanticismo! En un rincón, separados por el ángulo, descubrí dos nuevos atractivos para mi colección.
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Era una mujer de espaldas, desnuda espalda y pelo recogido, que me hizo pensar inmediatamente en la actriz Meryl Streep. Obviamente, Berthe Morisot—la autora de la pintura—no pudo conocer, ni soñar, a la actriz americana. Pero, estoy seguro que, de haberla conocido, la hubiese pintado de esa manera: una rutilante espalda, en el acto de maquillarse para cualquier película. Una espalda de museo!
Sea esto un modesto homenaje a la primera, y única original, pintora impresionista. Infravalorada durante mas de 100 años, seguramente por ser mujer y, hoy, reputada y apreciada a la altura de cualquiera de los santones impresionistas. A los veinte años de edad, Berthe era ya, de pleno derecho, una más entre ellos. Participando, incluso, en la exposición inaugural del movimiento.
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Ese retrato de Renoir, hecho a su hijo Jean en su más tierna infancia, con el pelo largo como una muchacha, y cosiendo. Le hizo varias pinturas vestido de niña, una obsesión del padre. Jean, más tarde, llegó a ser uno de los más famosos directores del cine. Idolatrado en Francia, su película “El Río” es una de mis diez mejores obras del cine de siempre. El asunto de esta pintura me recuerda los problemas de algunos amigos con sus hijos, justamente por lo contrario. Los chicos dejándose el pelo larguísimo y los padres intentando cortárselo. Viviendo en Paris, a mis veinte años, mi padre intentó, y consiguió, “comprarme” el corte de un pelo que ya me llegaba a los hombros. La vida en Paris siempre fue cara!

Otro día sacaré a colación algo más sobre el AIC,—Que gran museo! Hoy, solo evocar que,—Por fin! El “Ala Moderna” ya se puede ver, es fruta madura, y la “cáscara” y la “pulpa” merecen el viaje y la visita. Grande, Renzo Piano! Magnífico!

Luisma, 14 de Abril del 2010 (Fotos y reproducciones de S. y L.)

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April 13th 2010
El síndrome de la hoja en blanco

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Ponerme delante de la hoja en blanco, con la mente en blanco, también. Un ejercicio que, de vez en cuando, me gusta hacer y que representa, en mi, el mismo interés que un niño con su video-juego. Dispararle a la imaginación, de esta manera, es probablemente uno de los pocos retos que me van quedando. Como haber, habría muchos más retos que atender, de todos los colores y de todos los lunares, pero, el tiempo, el famoso juez que me (nos) corroe, se ha encargado de volverlos inasequibles. Así que uno va y, sin paracaídas, se tira desde las alturas del cerebro hasta la dichosa hoja en blanco y le empieza a administrar verborrea, línea por línea, teniendo cuidado de que no se le rebrinque lo blanco y que todo, al final, no termine como el “rosario de la aurora”, es decir, a palos; y no con otros, sino consigo mismo.

Lo mismo pasa con el lienzo en blanco, incluso aunque tengas unos cuantos bocetos preparados. Enfrentarse con el cuadro en blanco y “meterle mano” es casi tan peligroso como atacar una pintura que se ha quedado a medias por una temporada larga. Un recuerdo, aquí, a Lucio Fontana que solucionaba este problema, muchas veces, por “las bravas”, rajándole el “alma” a sus lienzos; a falta de otra cosa mejor que hacer. Y, ahí está en los museos! No solo por eso, claro.

Sin embargo, no me ocurre igual con la fotografía. No tengo síndrome del fotograma en blanco, nunca lo he tenido. A la hora de mirar por el ocular, y en las modernas cámaras de afrontar la pantallita, siempre hay una imágen previa a cualquiera de las intenciones que puedas tener. Una imágen que, casi siempre, solo hay que pelar; como si de pelar una naranja se tratase. Encuadrar algo que ya está en la vista y manipularlo. Componerlo. Jugar a hacer bidimensional lo tridimensional. Ver la foto en lo que los demás solo ven una escena. Una decisión rápida y pendiente de las mecánicas que ya están establecidas en el cerebro.

No hay, la mayoría de las veces, tiempo para pensar mucho. La pereza, o la vagancia mental, alimentan el síndrome de la hoja y el lienzo en blanco. En cualquier caso se trata de tener algo que decir y, luego, decirlo bien. Por eso me llaman la atención, y hasta me maravillan muchas veces, los escritores de blogs, más que nada los comentaristas de blogs en tiempo real. Parece que tengan un sentido especial del escribir y, casi siempre, las cosas muy claras para comentar con tanta rapidez. Incluida la velocidad de tecleo, algo en lo que tengo la categoría de tortuga de cuatro dedos.

Un mundo que ha heredado la velocidad de los tiempos primeros del chat y el messenger; que hoy se están recuperando e implementando con el Facebook y sobre todo el Twitter, gracias a la portabilidad de los aparatos. Toda esta gente, de pronto empeñada en comunicarse con otros y, las más de las veces, sin razón o con razones no muy válidas, parece haber esquivado el síndrome de la hoja en blanco. Siempre me asalta esta pregunta: tanta comunicación y tan contínua, para decirse, qué? Algo huele mal en Dinamarca! El buitre carroñero de la banalidad nos sobrevuela, me temo.

Al final, el síndrome se reduce a lo que uno tiene que decir, si es que uno tiene, realmente, algo que decir. El qué, el como, y el cuando; ah! Ese es otro cantar! Ni siquiera me planteo el porqué; aunque ya P. Reverte me lo dejó muy claro, en El Club Dumas — “[…] y a fin de cuentas, la gente escribe por diversión, para vivir más, para quererse a si misma o para que la quieran otros”.

Luisma, 10 de Abril del 2010.

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April 7th 2010
Las dunas de Chesterton

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Puede que sea difícil de imaginar, o puede que yo no sea capaz de transmitir las imágenes. Hace años, Julián Marías me dijo: escribe lo que no puedas pintar y pinta, fotografía en otros casos, lo que no puedas escribir. Lo intentaré, porque las impensables escenas que presencio, muchas de ellas conmigo dentro, son el pan de cada día de mis aventuras en este país.

Estoy en Chicago, una de mis ciudades favoritas en el mundo. Llegamos hoy, y ya estoy frente a mi ventana en la habitación del hotel Congress Plaza, con vistas al lago Michigan que, como siempre, más parece un mar, un mar de acero gris azulado. La sangre luminosa de los coches fluye abajo, once pisos más abajo; chorros de glóbulos rojos y blancos entremezclados, desde la avenida Michigan hasta la Lake Shore y las calles cruzadas del Parque del Milenio. Las primeras luces de la noche, desde esta ventana, un espectáculo que siempre tiene la virtud de hipnotizarme; puedo estar mirándolo durante largo tiempo, embobado en cualquier pensamiento o remembranza.
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Venir hasta aquí, en coche, es ya una manía. Estados Unidos hay que viajarlo en coche, a pesar de las monstruosas distancias. Y cada viaje a Chicago ( unas siete horas, desde Pittsburgh, rodando rápido) es una fuente de nuevas aventuras. Por más que se miren las predicciones de los hombres del tiempo, siempre hay una sorpresa, sobre todo en recorridos largos. Esta vez, con la primavera ya oficialmente entrada, después de dos horas de camino, nos empezó a caer nieve; que siendo de noche era cegadora, mareante, y dificultaba la conducción. Total, que paramos a dormir, y continuar al día siguiente, ya sin prisas, lo que produjo el avatar de turno y la aventura significativa del viaje.
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A la mañana siguiente, sol y viento, enfilamos hacia Chicago. Tras un tiempo de rodaje tranquilo, se estropeó un sensor de temperatura y para cambiarlo tuve que salirme de la autopista, y eso fue en un pueblo con un nombre muy literario: Chesterton, en el estado de Indiana. Después de varios intentos, el asunto nos lo arregló un “currito” con taller personal y aspecto de orondo bien comido, y bien bebido. Mientras esperábamos la reparación, en su sala de espera—oficina—salón de té, reparamos en unas fotos colgadas en la pared de algo que se anunciaba como Parque Nacional de las Dunas de Indiana. El tipo insistió que fuéramos a conocerlas—oiga, solo cuatro millas y son una delicia! Echada ya la tarde a perros y con el sol cayendo, y muy fotográfico, nos fuimos a ellas armados de cámaras y protegidos del frío viento, y—Oh, maravilla! La cosa valía la pena, y mucho!
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Pasamos unas buenas dos horas recorriendo el sitio y pisando, fotográficamente, la arena suave de las dunas. Quien iba a pensarlo! A cuatro millas de la dura y pura carretera, unas dunas increíbles, a orillas del lago y tan solo un “tiro de piedra” de Chicago, que se apercibía en lontananza, al otro lado de las aguas. Será un lago, que lo es, pero a mi siempre me ha parecido un mar. Son famosas las historias de tormentas brutales en este lago-mar, hundiendo barcos. Una de estas historias se me quedo grabada, la zozobra y naufragio de un velero, a finales del siglo XIX, que transportaba el abastecimiento de árboles de navidad para Chicago. Nunca ha sido encontrado.
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Volviendo a las dunas. Al punto me informé del paraje y su historia. Otra vez la glaciación Wisconsin, la misma que produjo las cataratas del Niágara y la recesión de los glaciares de los grandes lagos; al retirarse produjeron estas dunas que, además, son unas de las pocas, treinta y cinco en todo el mundo, “dunas cantantes” o “silbantes”. Buscando información sobre dunas, aprendí que también existen dunas que “ladran”, tal que si fueran perros. Que cosas!
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Las dunas, pequeñas pero magnificas, eran un coto fotográfico de primerísimo orden. Las arenas de un color caramelo-rojizo, de increíble suavidad a la pisada, al tacto y al ojo, nos rodeaban por todas partes. Contenían, incluso, pequeños estanques de aguas trasparentes y matas de juncos.Una vida reflejada en otra. Los espejos de la naturaleza.
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Un verdadero coto de caza. Un ciento de “cartuchos” se nos fueron entre los dos “tiradores” y el símil cazador me trajo el recuerdo de mi nunca olvidado Pepe Núñez Larraz que, aquí, hubiera gozado como un “marrano con paperas”. Así sucedió con Sarah, que sacó y cobró las mejores piezas. Algunas de las fotos de aquella tarde inolvidable son las que ilustran este “posting”. Aunque bien mirado, cualquier tarde con S. es siempre inolvidable.
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Dunas, agua, viento frío, olor a agua dulce de lago, vallas de madera sosteniendo la integridad del fenómeno…Ni las palabras, ni las imágenes, ni la feérica música de Vaughn Williams, allí en Chesterton (Indiana), quedan esas dunas esperando que alguien visite su delicada existencia. Antes, quizás, de que un mal viento se las lleve.

Luisma, 30 de Marzo del 2010 ( Fotos S. y L.)

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March 16th 2010
De nostalgia

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Castillos en Castilla. (Trigueros Del Valle, Valladolid)

Hubo una época en la que a todos los intelectuales, e intelectualoides también, no se les caía Cioran de la boca. Confieso que nunca fue santo de mi devoción, excepto por su acendrado agnosticismo y algunos, pocos, conceptos. Eso sí, muy conseguidos. Ah! Y su pasión por montar en bicicleta. Decía Cioran: “…El hombre no está satisfecho de ser hombre. Pero no sabe hacia que regresar, ni como volver a un estado del que ha perdido todo recuerdo claro. La nostalgia que tiene de él constituye el fondo de su ser, y a través de ella comunica con lo mas antiguo que subsiste en él.”

Me decías que mis escritos rezumaban nostalgia, o algo así. No me parecía, a mí, que ese fuese el caso. No, al menos, en mi concepto de nostalgia. Así que me fuí al diccionario a reexaminar la cosa. Nostalgia: del griego, nóstos—volver a casa en el sentido homérico y álgos— dolor. Lo de Homero me cuadraba bien, más que nada por la cosa del mucho y largo viaje. Lo del dolor, como lo de la casa, se revela inexistente. Ya ni eso me queda. Como diría el otro: no tienes donde caerte muerto. Bueno, tengo la impresión de que nadie queremos tenerlo. Y, una vez que llega el apagón, clic, da lo mismo donde sea. Se acabó, y el que venga detrás que arree.

De todas maneras, si se considera nostalgia el recordar, a veces tan vívidamente, retazos de juventud (sea por la razón que sea), entonces si soy un nostálgico. Aunque de ninguna manera idealizando esos recuerdos. Me gusta haberlo vivido todo ello, y más que hubiera sido posible, pero no siento ninguna ansiedad, ni ganas de vivirlo otra vez. Siempre pasar página…fue bonito mientras duró, y ahora—se le atiza un estacazo y a otra cosa, mariposa!

Volver atrás siempre me interesa en el sentido de aprendizaje y reconocimiento de las razones y las causas que me han traído a mi estado actual. Aprender, para equivocarme otra vez y cuantas veces sea necesario, y ahora sabiendo porqué…si es posible. El caso es que España no me duele nada. En mi no hay ningún rastro del “mal du pays”. Y menos con el cariz americanista que “nuestro” país esta tomando. Que manera más estúpida de imitar todo lo americano! Y casi siempre, lo peor de esta sociedad, olvidando o dejando de lado lo que sería bueno osmotizar. Una verdadera pena.

Por supuesto, reconozco el cariño que tengo por el país en el que nací, pero, en absoluto me tienta la cervantina—“de volver a ella a todos los que de la apacibilidad de su vivienda han gustado”. Para apacibilidad, Pittsburgh. “Aquí nada perturba la rumia espiritual, y aquí se oye uno pensar” que diría Unamuno de Salamanca, y yo suscribo para esta ciudad. Estos paisajes tan diferentes, con sus colinas y pequeños valles entrelazados, amenísimos, y tan distintos de aquellas llanuras castellanas, con o sin castillos. Las recuerdo con placer, pero no las necesito en mi dieta diaria.

Es curiosa la definición de nostalgia, como: “Un amar sin ser amado y un dolor que sentimos en miembros que no tenemos”. Pues va a ser que no, fíjese usted! Ni echar de menos lo que no somos. Aunque puede que si sea el estar “incompletos y mancos”. La verdad es que incompleto siempre he estado y he tratado de completarme con presencias femeninas. Ese cromosoma siempre me falló, aunque también me hubiera gustado entenderlo mejor. Y “manco”…pues, adivina quién te dió? Que yo sepa, el brazo secular nunca me ha faltado. Lejos de mí el otro!

Lo mío no sería ni nostalgia, ni melancolía. Aunque puede que si sea romanticismo, esa enfermedad que contraje de pequeño, y que en mi caso ha demostrado ser incurable. Supongo que cuando escribo de las cosas del pasado, del mío, lo estoy haciendo con la vena romántica. A la postre, admito una sola nostalgia: la del futuro. Esa que no viviré. Y para los aficionados, otra de Cioran: “Uno no vive en un país, vive en un lenguaje. Ese es nuestro país y nuestra patria”. Desde los Cartularios de Valpuesta hasta lo de hoy, ese es mi país, esa es mi patria.

Luisma, 15 de Marzo (Ay!) del 2010

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March 4th 2010
Entre tormentas

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Gazebo, en salmantino: templete. Carnegie Library South Side, Pittsburgh

Los inviernos de Pittsburgh no son excesivamente duros, claro que, según con cuales se comparen. En los diez años que llevo viviendo en esta ciudad, los inviernos han sido muy parecidos: fríos “aceptables”, algunas heladas “razonables”, y unas cuantas “nevaditas”, hasta un máximo de siete u ocho centímetros de precipitación. Y así toda la década, hasta hace tres semanas. De repente, se debieron abrir las puertas del Ártico y por ende se escaparon dos impresionantes tormentas de nieve, con un intervalo entre ellas de un “cierzo” helador . Algo que no recordaban los más viejos del lugar, ya que solo aparecían nevadas así en los grabados de la guerra civil, a mediados del siglo XIX.

La primera tormenta que duró unas veinticuatro horas seguidas, del tipo de las que los americanos llaman: blizzard, y nosotros ventisca, se saldó con unos 70 cm. de nieve y un colapso ciudadano de los de “mírame y no me toques”. El nunca bien ponderado silencio sepulcral nos vió amanecer al día siguiente, por supuesto, estábamos sepultados en nieve! Nunca mas precisa la imagen.
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En casa, la ventana grande del salón ofrecía un aspecto desconocido, apenas se veía la balaustrada de la terraza y la nieve lo cubría todo, incluida la vista del valle, totalmente blanco, igual que las ramas de nuestro árbol que aparecían vencidas por el peso. Increíblemente, daban ganas de salir volando sobre el valle.
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Noté, además del silencio, un frío extraño, algo así como “templado”. Al abrir la puerta de la terraza me dí cuenta que no podía salir a ella, aunque la puerta se abre hacia adentro y la mosquitera se corre lateral; una barrera de “chupiteles” de hielo me lo impedia, enormes estalactitas de puntas aguzadas que se habían formado en tan solo unas pocas horas de templanza. Los canalones desbordaban lanzas de hielo a todo lo largo, como las de los cuadros de batallas medievales. Unas lanzas transparentes que anunciaban la batalla que podría llegar a ser el intentar salir de la casa.
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En ruta hacia la puerta principal, y ya pertrechado para intentar la salida, me paré a ojear la terraza de los vecinos y empecé a caer en la cuenta de lo que me esperaba fuera. Esa terraza que recordaba animada y resplandeciente en verano, con hachones ardiendo y gente tomando copas, estaba aterida e hinchada por la nieve, ireconociblemente bella. A pesar de todo, seguía manteniendo la ilusión de lo confortable, daban ganas de sentarse, lo de las copas ya no tanto.
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Abrí la puerta de casa y me encontré un espectáculo dantesco (aunque fuera de nieve y hielo), mi coche había desaparecido “entoñado” en la nieve, y malamente se podían adivinar sus formas. Al fondo de la calle, la iglesia de San Nosequé, cubierta a tope, apenas podía verse por entre la cargazón de los toldos y los múltiples cables combados por el peso de la nieve, que se sostenía en ellos milagrosamente. No se porque pensé que estaba en Moscú, sería la cúpula, y tanta nieve solo podía ser en Rusia (?!)

Me apresté a la aventura de ir andando hasta la oficina, una especie de slalom de un kilómetro en bajada, con nieve por encima de las rodillas; proveyéndome de dos bolsas de supermercado, cubriendo mis zapatos de suela gorda de goma antideslizante, atadas a media pierna. Con mi tuque de lana parecía un auténtico clochard parisino arrastrándome sobre la nevada, o un soldado napoleónico en la tundra.
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Desde las ventanas de la oficina, la belleza del paisaje combinaba con las sugerencias de los extraños efectos de acumulación de nieve en la pérgola, sillas y mesas del patio del restaurante colindante. No sé porqué me dió por pensar en un mural de una alucinante y davinciana Última Cena, blanca, fría, y desprovista de personajes.
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La otra imagen, desde la ventana de arriba, era un contraste superlativo entre la posibilidad de una playa nevada con el fondo del mural horrendo, de aguas caribeñas y botecito, con su palmera tropical y unos imaginarios ritmos de calipso. Nada parecido a Da Vinci…Al menos, la lámpara de la pared podía parecer Picassiana, o algo así.
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Volver la vista hacia la izquierda y tropezar con la perspectiva nevada de “mi” Birmingham Bridge, me hizo retornar a la realidad, este puente está presente en todos mis días. Pittsburgh, entre una tormenta que se iba y otra que se volvía. Ventiscas, y más, y más nieve, toda la nieve del mundo. Y así fue, y así continuamos dos semanas después cubiertos de nieves que empiezan a parecer perpetuas. Hoy se anuncian varios días más de nevadas. Donde vamos a poner toda esta nieve? A que planeta se referían con lo del calentamiento global? Y…Ah! Ahora entiendo porqué le pusieron Pingüinos de Pittsburgh al equipo de hockey sobre hielo, no iban tan descaminados!

Luisma, 28 de Febrero del 2010 (Fotos de S. y L.)

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February 23rd 2010
Niágara para dos

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El barco “La Doncella de la Bruma” atacando los vapores de la catarata

Las cataratas del Niágara es un destino turístico pasado de moda, pero, como todas las cosas pasadas de moda, también tiene su encanto. Y más de veinte millones de visitantes al año! En el caso del río Niágara e independientemente de la belleza del accidente geográfico en si, las cataratas realmente son impresionantes, hay otros atractivos ambientales. Es un sitio ideal para pasar un fin de semana tranquilo y relajado, no mucho más tiempo, y desde el siglo XIX esta en la nómina de los lugares americanos favoritos para las lunas de miel y las escapadas amorosas de pareja.

La cuestión es que la propaganda y el cine nos vendieron las cataratas como algo norteamericano, y sí, existen dos saltos en territorio USA (la catarata americana y la del “velo de novia”), pero la visión de la catarata grande, la famosa de las vistas y las fotos, llamada la “herradura”, solamente se puede admirar desde territorio del Canadá. Y esto es parte del encanto de la cosa, hay que pasar la frontera y eso concede sentido de la privacidad y de la aventura; algo que los canadienses promocionan y alientan a la hora de no poner ninguna presión, ningún problema, en la frontera y en las reservas de hotel. Es legendaria la discreción en este sitio y legendarias, también, las historias de encuentros en este lugar, por otro lado, muy turístico.

Niagara Falls fue “descubierta”, tiene más de doce mil años, aparentemente por una serie de exploradores franceses, a principios del siglo XVII. Su origen fue en la Edad del Hielo, en la llamada glaciación Wisconsin. El nombre de Niágara le viene de la tribu india que vivía originalmente en aquellos parajes. Por ellas pasa el vertido del agua de los grandes lagos al Ontario y posteriormente al río San Lorenzo y al océano Atlántico, más del veinte por ciento del las aguas dulces del planeta. Poco a poco, se fueron haciendo famosas en el país y su celebridad saltó a Europa a raíz del viaje de luna de miel de Jerónimo Bonaparte, hermano de Napoleón. Quizá fuera este hito el que inició la costumbre americana de ir a las cataratas en luna de miel, antes de que se popularizase el ir a Las Vegas.

Hoy por hoy, la mayor atracción, aparte de la caída de las aguas, es el juego. Un casino, relativamente famoso, cuyos propietarios son la tribu india Seneca (!), frecuentado por un turismo de serie B, como las películas que se ruedan allí. Exceptuando tres: “Niagara” de Marilyn Monroe y Joseph Cotten, una película de culto; “Superman II” y “Piratas del Caribe: El Fin Del Mundo”. El punto álgido de la visita es un “viaje” en una embarcación llamada “The Maid of the Mist”(La Doncella de la Bruma) que navega la continuación de la cascada hasta su base, penetrando incluso entre los vapores de la caída; lo que garantiza una buena mojadura, parcialmente evitada con el uso de unos chubasqueros de colores que la gente conserva después como recuerdo. En ese “viaje” se consiguen unas fotografías pintorescas y en algunos casos impresionantes; la altura de la cascada es de 99 metros y el ruido es brutal.
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A 99 metros de altura, unos veinte pisos

Pero lo verdaderamente sorprendente de Niágara es el “vestuario” de la zona de las cataratas: el sitio no ha cambiado desde los años cincuenta del pasado siglo. Incluso el turista se comporta con la lentitud de aquella época, como si fueran parte de una película. Uno tiene la sensación de que en cualquier momento van a aparecer Frank Sinatra o Dean Martin, en el bar del hotel. Los colores, los luminosos, la publicidad…todo te lleva, en mi caso te retrotrae, a aquel tiempo. La iluminación de las cataratas en la noche recuerda la decoración de las tartas de boda, muy sentimental. Este monumento al más dudoso gusto americano se ha asentado allí para los restos. J.D. Salinger cita a H.R.Blyth, definiéndolo perfectamente: sentimentalismo es dar a una cosa mas ternura que la que Dios le dio.

Visitar esta zona tiene otros puntos de interés: pasar al Canadá, Toronto es una ciudad interesante a la que se llega bordeando el lago Ontario, cuyo nombre significa en lengua india “lago maravilloso”. Escapar hasta las cataratas en una visita a Nueva York, desde Europa, te da la oportunidad de contrastar las bellezas geográficas y la “otra” América, la rural, tantas veces descrita en multitud de películas. A mi me gusta, particularmente, esta América. Y Niágara, en “pareja de dos”, o de “tres”…si se tratase de Marilyn Monroe, o de su fantasma.

Luisma, 30 de Enero del 2010 (Fotos de Luisma)

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February 3rd 2010
Veinte Años

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Veinte años! Quien lo iba a decir! Ya llevo veinte años viviendo en América. A veces, ni yo mismo me lo creo. Yo que vine a pasar una temporada, por ver si el sitio y la cosa me gustaban! Vine con un pasaje abierto de avión, ida y vuelta, que nunca se cerró. Incluso creo recordar que lo devolví, recuperando parte de su costo. Decidí quedarme, sine die, en una de las pocas decisiones perfectas de mi vida.

Puestos a recordar…Recuerdo la tarde que llegué a América, como si fuera hoy, nunca podré olvidarla: tarde de calor húmedo atosigante y luz dorada. En aquel momento, en el “gusano” de salida del avión, pensé, entonces no sabía que tenía razón, que así debería ser el olor tropical. Incluso pensé que iba a durar poco en aquel tipo de clima. El clima de Houston, Galveston, el golfo de México en Texas. Fueron diez años y un matrimonio fallido. De aquello me quedan los contínuos sueños de la playa de cristal, ningún remordimiento, un par de amigos que siguen allí y otro que se fue, sin que pudiera despedirme de él.

Y–que remedio–“tuve” que aprender inglés, yo que era tan francófilo! Aprender el nuevo idioma, un desafio a mis cuarenta, fue parte importante de la razón de quedarme aquí. Me fue cayendo encima la cultura anglosajona y me fue interesando más y más, conforme el estro me daba para saborear las delicuescencias idiomáticas y culturales (toma castaña!). Principalmente, el mundo del cine que, queramos o no, es en inglés y ademas, en inglés americano. Leer a Steinbeck en su idioma y escuchar la voz de Jimmy Stewart, o la de George Clooney, entre los muchos otros placeres inéditos, conseguidos a través de la nueva lengua.

Luego, en la segunda década de mi estadía, cambié de “país”, el sur por el norte, el dixie por el yankee, todo tan igual y tan diferente. Me vine a Pennsylvania, donde todavía sigo. Cambié aquel dichoso calor, casi contínuo, por la recuperación de las cuatro estaciones y la floresta de los bosques precanadienses. Una decisión que, me gusta creer, fue buena para mi salud. Han sido muchos años y muchas cosas, pero, me quedo con lo fundamental: las personas. Y sobre todas las personas, algunas magníficas; una…ella, con la que llevo ya unos cuantos años, y que parecen haberse ido en un suspiro.

Pennsylvania me permitió estar más cerca de Nueva York, ciudad clave en la cultura anglosajona y la mundial. Todo pasa en esta monstruosa metrópoli antes que en ningún otro sitio, se empeñen o no los gurus europeos en tratar de arrebatarle esa prioridad. Los reflejos nos llegan a Pittsburgh aceptablemente rápido, seis horas de coche y no en vano se le llama la pequeña Nueva York. Como siempre digo: necesito ir a la Gran Manzana, pero no podria vivir alli; demasiado espesa, solo estar cerca. Más cerca, también, de Washington, la capital y la ciudad americana más europea; en algunos de sus rincones, uno puede llegar a pensar que está en Viena. Más cerca de Chicago, la Reina del Oeste, ciudad también predilecta. Más cerca, en resumen, de mi mismo.

Hay que estar próximos a las cosas, palparlas. El Internet es solamente el espejo de todos los avatares del mundo de hoy. Hay que hacer las cosas. En la red hay muchos detalles que se pierden. La propia percepción de la realidad no puede ser igualada. Al Internet le faltan los olores, los sabores y, fundamentalmente, el tacto. Otros veinte años. Tantas cosas que faltan por venir. Tantas cosas me quedan por hacer! Eso sí, estoy haciéndolo todo mejor que nunca: pensar, pintar, soñar, escribir, querer, elucubrar, decidir, sentir, mirar, ver, comprender y sobre todas las cosas, aprender a morir. Que diablos! Quien me lo iba a decir, América!

Luisma, 20 de Enero del 2010

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January 24th 2010
4906KM RPHRNA

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Así estaba mi ventana, esta mañana…a saber porqué?

Un número, una serie de ellos, cifras, códigos, eso es lo que somos o para lo que hemos quedado, ni más ni menos que un número.Cada vez hay más gente y cada vez hay más números. En una humanidad donde la individualidad se está yendo al carajo, envuelta en cifras y todas ellas metidas en unas cajitas, cada vez más pequeñas y cada vez más complicadas. El ordenador, o computador, o como quiera que lo queramos llamar, se está adueñando de nuestro mundo. Poco a poco,o mucho a mucho, todo es según la color…Y no sería tan grave, si no fuera la última manera que se ha encontrado para perfeccionar el control, el de unos pocos (los de siempre) sobre la mayoria.

Escribir con la mano––Oh! Supremo placer!— Se está acabando…Las plumas, objeto de museo. Los bolígrafos, camino del suicidio. Los lápices, eso que es? Yo, que siempre tuve muy buena letra, y unos pocos más–-supongo–- todavía nos resistimos a escribir directamente en el ordenador y, desde luego, de momento, me niego a escribir con los dos dedos pulgares en un paquete de tabaco. Los de “a mano” hacemos ejercicios de pendolismo, que a estas alturas parecen más ejercicios sobre una cuerda y que, tambien sea dicho de paso, es algo destinado a una rápida desaparición.

Estamos haciendo funambulismo, equilibrios en la cuerda floja. No hace tanto— bueno, ya treinta años!— admiraba a un chalado francés, en el acto de cruzar el espacio en la cúspide entre mis Torres Gemelas ( R.I.P.) en Nueva York, caminando sobre una cuerda. Funanbulismo del bueno, en el mejor escenario posible; perfecto, sin previo anuncio (muera la publicidad!), o como diría la llorada revista humorística “La Codorniz” ( nunca supe el porqué del título): “Donde no hay publicidad, resplandece la verdad”. El colmo, de momento, es el ‘texting’, ahí si que me planto (por cuanto tiempo?)…Esos “gilis” afanándose con los dedos sobre una más de esas cajitas, en plena calle, absortos y casi fuera de la realidad, mandando importantes mensajes a otros “gilis” que están, quién sabe dónde, para recibirlos.

Y uno se pregunta: a que tanto mensaje? Y tanta llamadita de teléfono? Para decirse qué? De repente, todo el mundo tiene algo que decirse y no pueden esperar ni un minuto para decirlo. Muchos de ellos son los mismos que, hace menos de diez años, no tenían esos aparatitos y, por lo tanto, no tenían nada que decir. Y la publicidad–-supongo–- pagando, o cobrando por todo, es decir, dinero tirado inútilmente al éter. Aún puedo recordar, con una sonrisa sarcástica, como la del gato Garfield (quien le iba a decir al Presidente Garfield que iban a poner su nombre a un gato de tiras cómicas) que yo tuve uno de los primeros “beeper” que salieron al mercado, un antiguo socio me lo dió para controlarme. Al dia siguiente, sonaba demasiado, lo tiré al rio en un descuido por mi parte, que pena!

De aquella fausta manera, perdí una inmejorable ocasión de uncirme al carro triunfal de la electrónica. Sin embargo, no es “odio” todo lo que reluce(!?) Y, posiblemente, he sido uno de los primeros españoles conectados al Internet. Lo que se va por lo que se viene, mis manias son todas muy selectivas. Eso si, al teléfono…que le den por el auricular. El simple sonido de tono y llamada tiene la virtud de ponerme del “yeyuno” y hasta creo que me cambia el humor. En cualquier caso, números, cifras, códigos…estamos invadidos. Ah! Para los curiosos, que siempre los hay (y que no falten) los números, las cifras y las letras del título de este escrito son…el número de serie e identificacion de la botella de Coca-Cola que me estoy bebiendo. Ay, Señor!

Luisma, 6 de Enero del 2010

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